AMLO y el falso debate.

AMLO y el falso debate.

 

Todas las semanas el presidente López Obrador repite el mismo esquema: elige un blanco -la UNAM, los fideicomisos, las OSC, los intelectuales o cualquier otro – toma un caso particular y a partir de ahí hace una condena generalizada que le sirve para justificar una política de golpeteo.

El primer efecto, como indica la teoría del establecimiento de la agenda, es que uno puede estar a favor o en contra de lo dicho por el presidente, pero termina discutiendo sobre ese tema. Y ya solo con esa consecuencia, el presidente ganó al quitar el reflector de un foco incómodo – violencia, pobreza, reportes internacionales sobre corrupción, etc.- para provocar una discusión en la que se siente en ventaja.

Pero la trascendencia de este esquema va mucho más allá que solo desviar la atención porque al generar esa conversación el presidente construye un clima de opinión que le permite justificar acciones en contra de esos blancos.

Así, por ejemplo, difunde un supuesto abuso en una guardería para eliminar un programa completo; “revela” supuestas irregularidades en algún fideicomiso para después desaparecer a todos. El camino lo ha seguido una y otra vez, como ahora intenta con el esquema de aportaciones deducibles para las organizaciones de la sociedad civil.

Es la lógica de mostrar con lupa los problemas en una uña para avalar la amputación de la pierna.

No importa incluso si el supuesto caso que justifica la medida jamás es demostrado, el mecanismo funciona igual para alimentar el debate público y para echar a andar la operación contra ese actor particular, con la ayuda por cierto de medios que amplifican con filtraciones los ataques, o incluso con la colaboración involuntaria de quienes caen en la defensa y así amplifican la conversación.

Frente a este modo de operar que debilita y desmantela instituciones es necesario tomar medidas. Dejar de caer en la trampa del falso debate.

En primer lugar, preguntándose no sobre la pertinencia de la discusión sino sobre la pertinencia de que sea el presidente quien lo señale porque el mandatario no es un ciudadano común expresando su opinión en un café.

En un caso reciente, la pregunta no era si en los videojuegos hay riesgos para las niñas y niños que participan en ellos sino si el gobierno que encabeza está tomando acciones para hacer del país un lugar más seguro para esas niñas y niños. La respuesta, por cierto, es no.

La discusión no es si la UNAM es susceptible de ser criticada – que por supuesto lo es como cualquier institución – sino sobre el rol del presidente y los efectos desestabilizadores que puede tener cuando dice que la universidad requiere una “sacudida”.

En segundo lugar, es necesario dejar de ver cada caso como si fuera aislado. No es que hoy la crítica sea a los medios, mañana a las OSC y al día siguiente a las universidades públicas, es que hay una visión de fondo que consiste en debilitar, primero en prestigio y luego en los hechos, a cualquier actor que tenga una voz propia que no se haya alineado con el deseo presidencial. Es necesario ver la película completa y no solo cuadro por cuadro.

Y en tercer lugar, ya ha pasado suficiente tiempo para revisar si esta política ha generado algún beneficio para el país.

¿Qué pasó con la desaparición del Seguro Popular, el Fonden, las estancias infantiles, la política de apoyo a la ciencia o el arte? Es necesario quitar el foco sobre las supuestas causas que justifican sus acciones y empezar a discutir si los resultados de ese modelo nos están llevando a ser un mejor país. Hasta ahora – vistos los resultados – parece que el modelo de la amputación solo ha servido para entregar más poder discrecional al presidente, que tranquilamente ve el derribo del resto de los actores uno a uno, para quedarse solo con su presunta exclusividad moral.

Publicado en REFORMA.