La beatificación de López Obrador.

Que el Presidente Andrés Manuel López Obrador se considera un ser especial, digno de autoinscribirse en la historia, no es noticia para nadie. Lo dejó en claro al nombrar a su sexenio como la Cuarta Transformación y lo ha demostrado con palabras y símbolos al poner a su gobierno a la altura de la Independencia, la Revolución y la Reforma, como ilustra toda la comunicación de su gobierno.

La novedad es que de unas semanas para acá ya no solo existe el autoelogio presidencial sino que algunos actores de su entorno empiezan a darle ese trato de persona extraordinaria. Lo hizo, por ejemplo, el aspirante a dirigir Morena, Alejandro Rojas Díaz Durán, cuando propuso que se organice una consulta para cambiar el nombre al estado natal del presidente y que ahora se llame Tabasco de López Obrador.

A los pocos días, siguió el mensaje de Layda Sansores, aspirante al gobierno de Campeche, quien dijo recientemente en un video que líderes como López Obrador “nacen solo cada 100 años”, y  apenas esta semana, el aspirante al gobierno de Guerrero y senador Félix Salgado, tuiteó que “todo mexicano bien nacido (apoya) a nuestro Presidente porque no habrá otro como él (…) Nomás que levante su dedito y ahí estaremos millones de patriotas”.

Las expresiones de estos y otros políticos podrían quedar en el anecdotario como ocurrencias de quienes buscan la bendición presidencial de no ser porque coinciden con las manifestaciones de grupos pro AMLO que se empiezan a expresar en las calles contra algunas protestas, como ocurriera recientemente con un grupo de personas que fue a manifestarse contra el FRENAA bajo la conocida consigna de que “es un honor estar con Obrador”.

¿Por qué deberían importarnos estas acciones?  Primero, porque más allá de sus posibles cualidades, el Presidente López Obrador no debería recibir ningún trato distinto a quien es servidor público. Su sexenio – que no lleva ni dos años – está muy lejos de tener un carácter histórico por sus resultados y la crítica que recibe es parte fundamental de la democracia.

Construir la idea del Presidente como un ser especial, digno de un culto, es peligroso si eso se traduce – como parece empezar a ocurrir – en un ambiente en que la crítica o la protesta es vista como sinónimo de traición a la historia, de blasfemia, o como se infiere del tuit del senador Salgado, de mexicanos mal nacidos.

A eso hay que agregar la cada vez más hostil postura del Presidente hacia la prensa, que ya ha convertido a las mañaneras en un tribunal de los medios, en el que no se limita a emitir listas de periodistas “objetivos”, sino que ahora se presenta como revisor de la prensa, como si la Presidencia pudiera determinar quiénes hacen bien y quiénes hacen mal su trabajo en función de las notas positivas o negativas que transmitan sobre su gobierno.

Es válido que el Presidente tenga la pretensión de pasar a la historia por su gestión pero es peligroso que esa intención se use como pretexto para construir un clima adverso contra quienes señalen las fallas y omisiones de su administración, en especial, si esa hostilidad ya no solo está en las conferencias mañaneras y en el discurso sino que se empieza a trasladar a las calles.

Es posible que los mensajes y las acciones descritas constituyan hechos aislados pero bien pueden ser también el inicio de una nueva etapa política en el que beatificación presidencial sea el nuevo marco para limitar la libertad de expresión, y solo por el riesgo de que así fuera, vale la pena llamar desde ahora la atención.