El Rolex de Marcelo Ebrard

Ayer las redes se prendieron con el debate en torno al Rolex que traía el canciller Marcelo Ebrard y que cubrió con la manga de la chamarra cuando lo notó.

Y la pregunta para muchos, es si eso importa o no.

Más allá de filias y fobias en todo el debate hay lecciones que se pueden aprender.

1. Todo comunica. Como han descubierto políticos y figuras públicas en general, todo forma parte de la comunicación. Y en ese sentido, el reloj – como cualquier otro accesorio – pueden volverse tema de conversación cuando se trata de elementos llamativos por sí mismos. Por eso, la principal recomendación al momento de seleccionar vehículos, ropa y cualquier objeto que se porte es que nada distraiga la atención sobre la persona y su mensaje.

2. El contexto importa. Quizá en Estados Unidos el uso de un reloj así pasaría desapercibido. En México, siempre y más en medio de una crisis económica, es una mala elección. En especial en una figura política que tiene aspiraciones presidenciales y suficientes horas de vuelo para saber que no era una buena decisión.

3. El discurso institucional influye en la interpretación. Es cierto que al paso de los años muchos políticos, en especial del PRI, lucieron relojes así o mucho más caros. Y a ellos habría que aplicar los mismos puntos anteriores solo que en el caso del Canciller hay un agravante adicional: su jefe es un promotor de la austeridad.

No tenía ni tres días que el Presidente había publicado un decálogo en el que hace un elogio de la sencillez y una condena a los lujos y a lo material, cuando el Canciller acude a la gira con el Rolex. Citando al gran Juanga, pero qué necesidad.

Los funcionarios de este gobierno, les guste o no, serán leídos con el código establecido por López Obrador.

4. El error, cuando se oculta, es peor. Y en este caso poco ayudó al Canciller el gesto que realiza para cubrir de nuevo el reloj con la chamarra; movimiento que revela que entendió el problema solo que en la corrección hizo el tema más notable aun.

5. El problema es el hecho, no la publicación. Si al Canciller no le gusta tener que explicar que el reloj fue un regalo – o fruto de sus ahorros, da igual – lo único que tenía que hacer era no portarlo en público. Quienes se desempeñan en la vida pública están expuestos a la crítica y a la rendición de cuentas, viene con el paquete y lo tienen que entender.

Finalmente, el caso es apenas una nota de color pero puede servir para que otras figuras – del sector social, privado o público – tomen nota y aprenda en cabeza ajena la lección.