En México los últimos dos años hemos caminado hacia al pasado. En este tiempo nos quedamos sin Jefe de Gobierno y volvimos a la figura del regente, empleado del Presidente; la oposición desapareció, primero al ser parte del cogobierno del Pacto por México y luego por su autodestrucción asistida, y el Congreso, real contrapeso desde 1997, se ha diluido hasta volverse una oficialía de partes del Ejecutivo, sin capacidad de ser un poder real.

Los gobernadores no existen como actores independientes, los empresarios se quejan en privado, nunca en público, y buena parte de la prensa que fue combativa, en especial con Fox y menos con Calderón, hoy esconde o disimula la crítica al poder presidencial.

¿Qué pasó que explica estos cambios? Que el presidente Peña Nieto ha cumplido al pie de la letra la máxima priísta que afirma que nadie ni nada está por encima del Poder Presidencial. Con esa lógica se explica el Pacto por México, muchas de las reformas estructurales, la caída de Elba Esther, la aprehensión del Chapo y la coptación (y posterior destrucción) de la oposición en todas sus formas.

El Presidente priísta crece y crece hasta quedarse sin rivales. El Presidente es el que parte y reparte, siempre desde arriba, nunca como otro igual. El problema (para ellos), es que si bien el PRI regresó muy pronto a este modelo, se encontró con una sociedad distinta a la que dejó cuando salió de Los Pinos hace ya 14 años.

Estas dos realidades explican parte de la crisis que hoy tenemos. Porque en la lógica priista no existe una sociedad autónoma, con medios independientes, comunicada entre sí, con capacidad de articulación y acción al margen del poder.

Y al desaparecer a los actores que mediaban entre el presidente y la sociedad (Jefe de Gobierno, partidos, líderes sociales), hay un choque directo entre las autoridades (el Presidente en particular) y los ciudadanos.

Por eso, contra lo que planteó el presidente la semana pasada, la salida a esta crisis no pasa por dale más poder al Presidente, sino menos. Lo que hace falta es regresar al esquema anterior en donde el conflicto tenía cauces y actores intermedios que fungían como válvulas de escape para el desahogo, para contener, para corregir, para acotar al poder Presidencial.

Si esto no se entiende lo que sigue es el incremento de la tensión y el choque directo entre la presidencia y la sociedad inconforme.

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