Se quedó corto el presidente. La expectativa era mucha, la exigencia social es mayor y era la oportunidad de Peña Nieto de mostrar que tienen las respuestas ente la crisis. En el balance hay luces y sombras pero en general quedó mucho a deber. Vamos por partes.

En el campo de los aciertos me gustó que rectificó en su discurso. No aceptó el error pero sin duda dio un giro cuando dejó atrás el mensaje de que hay actores que quieren desestabilizar al país. Ayer ya no habló de quienes se oponen a su proyecto de nación ni se enfocó en los violentos. Esa estrategia, espero, ya quedó descartada.

En segundo lugar el presidente tuvo fue más empático. Reconoció que hay un antes y después de Ayotzinapa, habló de las marchas, de las críticas en prensa y de las redes sociales. Lo hizo al principio y al final, cuando incluso se subió en el hashtag de #TodosSomosAyotzinapa.

Sé que a muchos no les gustó y lo entiendo. Hay una línea delgada entre ser empático y ser oportunista. Qué bueno que el Presidente entendió que la sociedad está enojada pero él no puede hablar como un ciudadano más. El presidente no puede “unirse” discursivamente a las marchas, cuando las marchas son contra él. Se entiende el truco pero el público es listo y lo descubre pronto.

Hasta ahí los aciertos pues en los contenidos no hay nada que celebrar. Primero, porque el presidente quiere encuadrar la crisis como un problema de seguridad y de desarrollo económico. Sí, tenemos esas dos broncas pero la madre de la crisis es otra: es la pérdida de confianza en las instituciones. De eso no se habló y sin ese punto los demás se vuelven muy débiles.

¿De qué sirve un 911 si no confío en la policía que atenderá mi llamada?, ¿de qué sirve un plan anticorrupción si el que lo encabeza, el Presidente, tiene un serio cuestionamiento sobre su propio patrimonio? Sin confianza en la palabra no hay promesas que valgan.

Con un tropiezo adicional, las propuestas son todas de medio y largo plazos y la exigencia de resultados, citando al clásico, es hoy, hoy, hoy.

Si llegarán a funcionar sus propuestas, ¿cuánto tardaremos en ver los resultados de las nuevas leyes en materia de derechos humanos y justicia? Es lo mismo que pasa con sus otras reformas, ¿cuándo veremos beneficios de las reformas educativa o energética? En años, en el mejor de los casos. Y aquí los resultados deben ser inmediatos.

Por eso si el presidente quiere enfrentar la crisis tiene que asumir que lo de ayer le sirvió de muy poco. Que se vale pedir mejores leyes pero que no se puede usar eso como un pretexto para no actuar de inmediato o no haber actuado antes.

¿O las leyes actuales no castigan a los alcaldes y gobernadores vinculados al narco?, ¿no tenemos ya una Secretaría de la Función Pública y una Auditoría Superior de la Federación para castigar la corrupción?, ¿no hay leyes en México que protejan los derechos humanos o teléfonos de emergencia para contactar a la policía?

Todo eso ya existe y si hoy no vivimos en el país que queremos no es por falta de leyes sino por la incapacidad o falta de voluntad de los que nos gobiernan para aplicarlas.

Eso es lo que tiene que entender el Presidente. Si lo de ayer – con sus aciertos y errores – no se traduce en resultados en los próximos días de nada habrá servido. Y la crisis no se irá sino que se va a profundizar. Ojalá el Presidente y sus asesores lo tengan claro.

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