Lo que toda empresa debería aprender de los Circos

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Los dueños de los circos pensaban que para tener éxito en su negocio sólo tenían que preocuparse por una cosa: ofrecer un buen espectáculo. Descubrieron su error cuando era demasiado tarde. La historia de la ley que prohibe los circos con animales en la Ciudad de México es un gran ejemplo de la importancia que tienen la comunicación y la cultura para cualquier organización. Porque lo que dejó a los circos fuera del mercado más importante del país no fue una ley, sino un cambio cultural.

En los últimos años en México se ha trasformado la forma en que nos relacionamos con los animales. Basta con mirar el concepto de “perrijos” – perros tratados como hijos- , para ver cómo las mascotas pasaron de ser sólo animales de compañía para convertirse en una parte central de las familias y sus presupuestos. Habrá quien diga que siempre lo fueron. Es cierto, pero nunca había existido un mercado tan importante como el que hoy está a la vista, desde restaurantes “pet friendly” como los que se encuentran en la colonia Condesa, hasta spas y todo tipo de servicios para perros y gatos.

En el mismo sentido, es notable la indignación que puede despertar en redes sociales el maltrato a cualquier animal. Quien navegue un tiempo por la red podrá encontrar múltiples linchamientos morales por ese tema.

Este cambio cultural ha mostrado ya varias expresiones: el rechazo de un sector de la población a las corridas de toros, las críticas a las tiendas de mascotas, los reclamos por el impuesto a las comida para animales o hasta las colectas de croquetas luego de desastres naturales.El fenómeno es global, en Estados Unidos, por ejemplo, está creciendo el debate sobre sitios como SeaWorld y las condiciones de vida de los animales en cautiverio.

Todo este contexto es clave para entender por qué caminó tan fácil la legislación contra los cirqueros. Durante meses creció la idea de que sus animales eran maltratados. Por eso, cuando la iniciativa se puso sobre la mesa los diputados no dudaron dos veces en apoyarla. Cuando los empresarios organizaron las protestas ya era demasiado tarde. Para su desgracia, se enteraron que estaban en una guerra cuando ya la habían perdido.

El cambio cultural empezó mucho antes de que se dieran cuenta. No es un problema de información ni de relaciones públicas. Es algo más profundo: es un cambio en los valores.

Y lo mismo está ocurriendo en otros sectores. Así como los cigarros pasaron de ser signos de estatus y sensualidad a terribles villanos, ahora la comida chatarra parece condenada al mismo destino. Los refrescos y pastelillos dejaron de ser simpáticos para ser percibidos como los responsables de serios problemas de salud pública.

La lección es clara: las empresas, no importa el rubro, tiene que estar atentas a los cambios en la sociedad. Más allá de sus indicadores de ventas o de las valoraciones de su publicidad, las organizaciones tienen que aprender a escuchar lo que está pasando en las comunidades para ser capaces de responder a tiempo y no cuando ya no hay nada que hacer.

Habrá quien piense que invertir en alguien que tenga como tarea mirar lo que pasa a su alrededor es un lujo que no se puede pagar. Historias como las de los cirqueros muestran que no tomar en serio a la comunicación y a la cultura siempre será mucho más caro.

Twitter.com/MarioCampos

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