Cuándo una autoridad comete un error y es descubierta va en contra de su credibilidad. Cuando un medio de comunicación publica un reporte impreciso, pierde prestigio. Y cuando alguien manda un correo con información falsa, ¿quién asume la responsabilidad? La pregunta viene a cuento luego del desfile de correos que circularon en los últimos días con versiones en torno al tema de la influenza. Explicaciones que no sólo quedan en el mundo del anecdotario sino que tienen consecuencias prácticas por las que alguien debería asumir un costo.
Pienso, por ejemplo, en aquellos que voluntaria o involuntariamente dieron vuelo a la versión de que habría desabasto o incluso un cierre de los supermercados. ¿Cuándo pasó? Nunca, salvo por aquellas tiendas que vieron un ejemplo más de profecías autocumplidas, cuando en el afán de hacerse de bienes ante la inminente escasez, los impulsores de las compras de pánico terminaron por provocarla.
En el mismo sentido habría que preguntarse por los cientos, cuando no miles de muertos, que según algunas cadenas estaba ocultando el gobierno federal en complicidad con los medios de comunicación. “Digan la verdad”, exigían algunas voces indignadas. Bien, pasó ya el punto crítico de la epidemia y siguen sin aparecer los familiares de todas las víctimas. Las esquelas nunca aumentaron y ninguna funeraria o panteón ha sido materia de una nota que documente su reciente periodo de bonanza. Habría que suponer que los miles de muertos eran almas solitarias que apenas murieron se fueron al cielo (al infierno o al destino que ustedes gusten) sin dejar rastro alguno.
Como tampoco dejó rastro la megadevaluación que venía y que dio vida a la “cortina de humo” que montó el gobierno federal, ni la venta de PEMEX o la recuperación de los negocios que traería la pandemia porque “es con las guerras o con las enfermedades cómo se reactiva la economía”, según contaba uno de los correos más populares. Al menos, la receta no funcionó para nuestro país que ha perdido miles de millones de pesos como resultado de las medidas de contingencia.
Las mentiras que se vivieron en esta crisis fueron de antología y muchas son para morirse de risa de no ser porque tienen efectos negativos concretos. Entre otros, en personas que sintieron más miedo del habría sido pertinente en una situación así; en otras, porque dejaron de cuidarse motivados por la idea de que todo era un plan del G7 o del gobierno panista, que por alguna razón que nunca se explicó contaba con el aval de científicos de la UNAM y con el testimonio de Manuel Camacho Solís, hombre cercano a la izquierda de López Obrador.
Versiones que no tenían sentido pero que contribuyeron a debilitar la confianza en las instituciones, problema que va más allá del partido o del gobierno en turno. El escepticismo es sano pero cuando eso nos lleva a convertirnos en cajas de resonancia de la ignorancia y la mala fe entonces deja de ser útil para convertirse en un elemento que juega en nuestra contra al impedirnos tomar las mejores decisiones.
Tengo la seguridad de que todos aquellos que mandaron correos con esas historias a sus amigos y familiares lo hicieron de buena fe; que aquellos que decían saber de muy buena fuente lo que de veras estaba pasando, lo hacían con ganas de ayudar. No obstante, las buenas intenciones no deberían impedir que seamos autocríticos y pensemos en qué ayudamos a los otros y al país cuando nos convertimos en profetas del complot.
No es común el ejercicio, menos en internet y tal vez no resulte popular la idea pero habría que asumir como ciudadanos nuestra parte de responsabilidad en la desinformación, empezando, claro, por nosotros, y por aquellos que amable pero equivocadamente nos invadieron con esas falsas fuentes de información.
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