La (otra) guerra de las cabezas (sobre la violencia del narcotráfico en México)

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(Esté artículo aparecerá en la revista Etcétera del mes de octubre. Lo escribi antes de los antentados de Morelia pero me parece que el tema es pertinente)

En México hay dos guerras por las cabezas. La primera, la de las personas que han sido decapitadas y que ya se cuentan por decenas en el país. La segunda tiene que ver con las otras cabezas, las que titulan las notas de prensa. La relación entre las dos va más allá de un juego de palabras pues en muchas ocasiones las primeras son cortadas para conseguir las segundas. Basta con mirar a Yucatán en donde fueron apilados once cuerpos sin cabeza en un tétrico montaje que precedió a una llamada a Televisión Azteca para que cubriera la noticia.

Si bien el tema no es novedoso, es un hecho que en las últimas semanas el fenómeno ha adquirido mayor complejidad y como ocurre con poca frecuencia, los medios de comunicación han empezado a mirarse al espejo para preguntarse qué hacer ante esta realidad. Lo hizo La Jornada cuando compartió con sus lectores las razones que le llevaron a presentar la nota de Yucatán en su primera plana (29/08), y lo hizo El Universal cuando debió pedir disculpas en su editorial por el mal manejo de la información sobre el secuestro de Silvia Vargas (28/08). Lo raro no es que los medios rindan cuentas a la sociedad; lo extraño y lamentable es que se haga con tan escasa frecuencia.

Desde hace tiempo la prensa es blanco de las estrategias de comunicación de diversos actores relacionados con la inseguridad, y por ello debe ser cuidadosa para no convertirse en vocera involuntaria. Sin embargo lo hace. Ahí está la fotografía publicada por Reforma (11/09) en la que mostraba caras, nombres y datos privados de personas que no tenían ninguna imputación judicial. Las autoridades en su desesperación por ganar credibilidad abrieron la llave de la filtración. Y el periódico se la compró.

Ya lo había hecho con otro actor más opaco, que días antes de la marcha multitudinaria contra la inseguridad y del segundo informe de gobierno, colocó mantas por todo el país para acusar a las autoridades de proteger a grupos del narco .(27/08) La información no fue verificada pero sí reproducida en la primera plana del diario. Estoy seguro que el objetivo era consignar lo inédito de la estrategia de comunicación, el problema es que al reproducir su contenido terminaron cumpliendo con la agenda de quién sabe quién.

Días después El Universal también fue usado, esta vez por las autoridades del Distrito Federal que revelaron que la persona acusada del secuestro de Fernando Martí tenía “3,000 fotos porno en su computadora”. (12/09) Nunca se explicó qué relación tenía ese dato con la investigación, excepto generar dudas sobre la honorabilidad de una una persona que tiene ese material. Se trataba de una estrategia moralista, no legal, y el medio cayó en el juego.

Los casos anteriores confirman que son momentos complicados para el periodismo. Por un lado, las autoridades están urgidas de dar resultados; por el otro, la sociedad está deseosa de recibir información. Y en medio, la prensa debe contener la ansiedad de unos y otros aunque eso resulte contrario a la adrenalina que con frecuencia acompaña a este tipo de información.

El debate es ya ineludible. Qué hacer con la información que siembra y distribuye el crimen con cada asesinato; cómo responder ante las filtraciones de autoridades que violan la ley, arriesgan los procesos y violan el derecho de las personas a la privacidad; cómo procesar la información relacionada con secuestros; cómo redactar las cabezas y las notas para no estereotipar mediante el uso de apodos, las referencias a tatuajes u otros datos que sólo refuerzan ciertas interpretaciones en vez de acercar al ciudadano a la verdad.

A estas alturas ya no cabe reivindicar el discurso de que los medios sólo son un espejo de la realidad. Ante lo evidente de su papel como actores centrales en esta guerra ya está demás alegar inocencia e ingenuidad. La buena noticia es que el debate ya ha empezado con mayor seriedad. La mala es que todavía no todos asumen que esta es una tarea pendiente desde hace mucho tiempo, tarea que ya no podemos evitar.

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