Las ganas de poner un alto a la inseguridad pueden conducirnos hacia la participación social y a la construcción de un mejor México pero también pueden guiarnos hacia caminos indeseables y así se ha confirmado en los últimos días. Por un lado, cuando legisladores del Partido Verde Ecologista de México, ése que dice defender la vida, proponen la pena de muerte como castigo a los secuestradores. Una expresión más de la nociva competencia que se ha generado para ver qué actor político presenta la propuesta más populista, desde la debatible cadena perpetua que lejos está de resolver el tema de la impunidad, hasta los llamados a construir una policía secreta que opere sin uniformes ni insignias que la identifiquen ante la sociedad.
Las voces que prometen seguridad a cambio de políticas que ponen en riesgo los derechos de las personas siguen creciendo. En la última semana, el nuevo estándar fue establecido por el Gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza, que ante el clima de violencia que vive la entidad que gobierna -con más de 120 personas asesinadas en sólo 17 días – afirmó en un anuncio de televisión que “Debemos revisar nuestro régimen de libertades individuales y garantías ciudadanas. No podemos seguir atendiendo la seguridad en los términos existentes al inicio del siglo XX, en la Constitución de 1917”. “Necesitamos revisar nuestro régimen de garantías y libertades ciudadanas, para analizarlo, para mejorarlo, para que responda a los desafíos que nos representa la sociedad presente”.
Al momento de escribir estas líneas no está claro qué quiso decir el Mandatario pero no parece que el gobernador esté llamando a ampliar las libertades, sino al contrario, a limitarlas en aras de garantizar la seguridad. Más retenes, toques de queda, cateos sin órdenes de aprehensión y otras prácticas similares bien podrían entrar en ese esquema. La pregunta, en todo caso, es si ése tipo de herramientas son las que nos van a conducir al país en el que queremos vivir.

El esquema no es novedoso. Basta con mirar a los Estados Unidos para ver cómo el discurso de la seguridad ha llevado a la pérdida de derechos. Guantánamo, ese territorio sin ley ni justicia, es un ejemplo. Cárceles clandestinas, barcos que sirven como prisiones y prácticas toleradas de tortura, también forman parte del catálogo que se pretende legitimar bajo el argumento del combate al terror; recursos que paradójicamente vuelven a todos más vulnerables bajo la premisa de la defensa de la libertad.

Es el mundo al revés, el que promete la paz para justificar la guerra, aquello que George Lakoff llama el lenguaje orweliano en referencia a la denuncia planteada por George Orwell en su novela 1984. Nuestro país se puede acercar a esa realidad, y como suele ocurrir en estos casos, puede hacerlo por el camino de las buenas intenciones. Es comprensible, el temor está latente y la realidad se encarga de alimentar nuestros miedos. No obstante, debemos de resistir a ese canto que nos puede hacer mucho más inseguros al vendernos la promesa de tranquilidad.
En el absurdo, algunos radioescuchas – unos pocos, es cierto – se han comunicado en el noticiario de Antena Radio para hablar de leyes fuga y de restablecer la pena de muerte bajo la premisa de que es preferible un sospechoso que sea ejecutado sin la total certeza de su culpabilidad, que dejar que sigan por las calles los secuestradores.Es aterrador. Sabemos que estamos en este clima de inseguridad por la debilidad y la corrupción que ha permeado nuestro sistema de justicia pero queremos que ese mismo sistema decida sobre la vida de una persona. En un país en el que todos hemos sido testigos del “usted disculpe”, queremos que alguien pueda ser privado de la vida. ¿A quién habría que pedir disculpas entonces?
Recelosos de nuestros policías, no protestamos cuando alguien habla de permitir que operen vestidos de civil, y no se ven por ningún lado las manifestaciones, desplegados ni severos pronunciamientos políticos cuando un gobernador abre la puerta para que los ciudadanos perdamos derechos para cederlos a las autoridades, a las mismas que nos han conducido a esta situación.

Todos queremos mayor seguridad, en eso no hay discusión. El debate está en las formas, en los métodos para alcanzarla. Habrá que aceptar que la vía no es sencilla ni de corto plazo y que aquellos que así lo ofrezcan están jugando con nuestra necesidad.

La vía para construir un mejor país tendrán que proponerla los expertos en estos temas; resulta claro, sin embargo, que la fórmula no pasa por hacernos más débiles, más frágiles, más vulnerables, pues es precisamente de esa situación de la que estamos huyendo.
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