Fue diputado federal, candidato a Jefe de Gobierno, Secretario de Gobernación, precandidato presidencial y senador, todo bajo las siglas del Partido Acción Nacional. Sólo por eso, Santiago Creel no merece el trato que recibió en su relevo como coordinador de los senadores de Acción Nacional.

Las causas que tuvo el Presidente Calderón para hacer el cambio son poco claras pero suficientes para pedir a Germán Martínez, que en su papel de presidente del partido, operara el relevo. Y como suele ocurrir en estos casos las especulaciones son muchas. Que si salió por las presiones de Televisa y Televisión Azteca que desde la aprobación de la reforma electoral prácticamente lo habían vetado de las pantallas; que si la causa fue una revancha del proceso interno panista que llevó a Felipe Calderón a la candidatura presidencial; e incluso se ha dicho que fue por cuestiones de vida personal que se hicieron públicas recientemente, y que por ello fue mal visto por los dirigentes de su partido.

De las diferentes versiones, quizá la más sensata es aquella que señala que el relevo fue consecuencia de la mala conducción del debate sobre la reforma energética, explicación que tendría sentido aunque sería injusta pues el mal desempeño gubernamental no es, en todo caso, responsabilidad exclusiva de ese personaje. Quizá el tiempo ofrezca más claridad sobre las razones detrás de la decisión. En todo caso, el fondo es lo de menos.

El Presidente Calderón ha demostrado que es un hombre de poder. Por ello, operó la salida anticipada de Manuel Espino de la Presidencia del CEN panista y la llegada de Germán Martínez en su lugar, y en todo sistema democrático no es extraño que el Jefe del Ejecutivo tenga un papel importante en las decisiones de su partido, incluido el nombramiento de los coordinadores parlamentarios. Así que la salida de Creel de la coordinación no es para espantar a nadie. El problema fue la forma.

La decisión, me consta, había sido tomada al menos tres semanas antes de que se hiciera pública así que el tiempo no es una variable que explique el desaseo político. Por eso no se entiende que no lo hablaran antes con los senadores de ese partido, y lo peor, que antes de hacerlo oficial se filtrara a los medios de comunicación.

Pero lo más interesante fueron las reacciones a la salida. Si bien muchos analistas consideraron la operación como un acierto – guiados en buena medida por sus diferencias con el Senador – entre la clase política la reacción fue de solidaridad con el legislador. Diputados y senadores del PRI y del PRD fueron generosos con el panista, y en público y en privado, lamentaron su remoción. Expresiones que no son comunes en la política mexicana y que hablan bien de su destinatario. En contraste, entre los panistas prácticamente predominó el silencio.

Esta situación habla mal de ese partido político. Si bien es el grupo en el poder desde hace ya ocho años, destaca la pobre presencia de cuadros de alta visibilidad. ¿Dónde están los gobernadores de ese partido cuando se miran las noticias?, ¿Dónde los ex gobernadores que jueguen como actores de peso? A la jubilación política de Ernesto Ruffo, Francisco Barrio, Diego Fernández – por mencionar sólo algunos – siguió una camada política de muy bajo perfil. Del sexenio de Vicente Fox trascendieron muy pocas figuras, varias de las cuales están lejos de ser panistas, como Xochitl Gálvez o Julio Frenk. Y de otros ex gobernadores como Ignacio Loyola o Sergio Estrada, mejor ni hablar. Y el panorama no es muy distinto en la administración actual.

Hace algunos días salió una encuesta que colocaba a Santiago Creel como el más visible precandidato presidencial. El primer sorprendido debe haber sido el propio senador. Desgastado profundamente, el senador no podía estar más lejos de esa posición. Lo revelador de la encuesta es que la opinión pública no ve a nadie más fuerte en el PAN.

Se dirá que es bueno, que falta mucho tiempo y que figuras atractivas y con un proyecto propio sólo quitan y distraen la atención. El punto es que en el PRI la lista es larga y en el PRD al menos hay tres. Por eso el PAN no está para denigrar a sus cuadros conocidos. Más allá de sus razones internas, no parece que esté para darse esos lujos.

Del viejo sistema priísta hay muchas cosas que se deben sepultar pero hay algunas que se pueden aprender. Casi siempre, cuando alguien salía de un cargo importante se enfermaba o le daban una nueva comisión. Se le daba una salida digna. Ahora que hemos visto el trato a Creel, no estaría de más que los panistas se pregunten por qué.

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