Sobre el escándalo político

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(Artículo publicado en la revista Etcétera de Abril)

El dulce olor del escándalo.

Es la estrella de nuestro tiempo, la nota que atrae al mayor número de lectores y la encarnación de todo aquello que hoy puede ser considerado como noticia. Se trata del Escándalo. La historia que contiene muchos de los elementos que los especialistas llaman las 8C: crisis, conflicto, caos, cambio, color, celebridad, catástrofes y crimen. En el peor de los casos, un buen escándalo contará con al menos tres de estos elementos, con suerte, hasta seis de estos atributos; de ser así el éxito está garantizado.

Lo han aprendido por la mala personas como Fabían Lavalle y neocelebridades como el bautizado por la prensa, Canibal de la Guerrero (o el internacional “monstruo de Amstetten”, Josef Fritzl) . Personajes aparentemente distantes entre sí pero que son encapsulados con el mismo tratamiento informativo. La fórmula es igual así sea para retratar la cobertura de los tropiezos de Britney Spears, que la incómoda declaración de una asesora de campaña que aseguró que Barack Obama triunfaba sólo por ser negro.

En todos los casos se trata de una sucesión de transgresiones y castigos; las primeras, realizadas – al menos aparentemente- por los protagonistas de sus respectivas crisis; las segundas, por parte de la esfera mediática, la clase política y la opinión pública, que se encargan de sancionar a quien rompe con la moral, la moral en turno, claro está. La precisión viene a cuento porque depende de la norma violada, el tamaño de la sanción. Valoración que sólo es posible en la subjetividad del observador, más que en la objetividad del hecho.

Cuando a un político estadounidense se le conoce una aventura extramarital, sus bonos públicos se suelen derrumbar. Resultado de su historia, los electores estadounidenses pueden tolerar a un Presidente que lleve a su país a una guerra basada en mentiras pero son incapaces de soportar a un gobernador que es descubierto mientras recurre a un servicio de prostitución.

En México, un político puede ser grabado mientras amenaza, intimida o extorsiona y aun así puede lograr que su partido arrase en la siguiente elección estatal. La prepotencia -por no hablar ya de la infidelidad, irrelevante en el caso mexicano – puede pasar desapercibida; no así la capacidad de hacer el ridículo, rasgo que a los ojos del ciudadano puede ser mortal como descubriera hace poco un ex candidato presidencial.

Entender qué se valora y quién condena es el primer paso para sobrevivir a un escándalo. De ahí que algunos, una veces con cinismo otras con capacidad, hayan logrado superar sus crisis. Unos porque descubrieron que en algunos casos, quienes se sienten ofendidos son los mismos que pueden perdonar; por eso confiesan sus culpas, se muestran arrepentidos y hacen penitencia en busca de su salvación. Bill Clinton, por mencionar sólo un caso, es un buen ejemplo a seguir.

Otros menos pudorosos – como algunos gobernantes poblanos – saben que a veces el que importa no es el que acusa sino el que juzga; y que si el primero no encuentra quien le haga caso se termina por cansar. Para ellos, lo verdaderamente relevante es mantener el control de aquellos que les puedan hacer daño, y simplemente resistir hasta la aburrición de los impugnadores. Qué importa la opinión pública cuando se tiene a la clase política de su lado.

Finalmente, hay quienes fracasan porque leen mal la realidad. Se equivocó, por ejemplo, un Presidente de la República cuando quiso crear un escándalo acusando a un Jefe de Gobierno de no haber respetado la legalidad; burlón el otro, reconoció que en la moral del lugar eso valía muy poco; hábil como era, y sigue siendo, grito que el primero quería cancelar a los habitantes el derecho a elegir a sus gobernantes. Esa historia si pegó y el Presidente tuvo que echarse para atrás.

Las historias de acusaciones e indignación colectiva parece que llegaron para quedarse. Sirvan estas consideraciones para quien quiera sobrevivir cuando huelan a su alrededor el dulce olor del escándalo.

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