I

Las imágenes son espectaculares. Dos niños, de alrededor de 11 años de edad, se sientan de manera contemplativa mientras descansa a sus pies un leopardo. La convivencia entre las dos especies destaca por su caracter inusual. Nunca un documental de los canales especializados ha mostrado tal capacidad de compartir el espacio, con esa armonía, con esa calma, con esa paz. En otra fotografía, quizá la más famosa, aparece otro niño todavía más pequeño, incado mientras lee un libro en una actitud que pareciera mostrar un momento de oración. La escena por si misma sería de llamar la atención: la postura y el atípico nivel de concentración ya serían suficientes.

Pero lo extraordinario es que frente a sí tiene a un elefante, literalmente, rendido a sus pies. Completamente acostado el animal descansa sobre las rodillas de sus patas traseras, el abdomen ligeramente despegado del piso, y las patas posteriores también flexionadas. Aparentemente sin que nadie ni nada lo fuerce a mantener esa postura salvo la capacidad del niño para captar su atención.

(Foto de esmas con fines de análisis)

Con estas imágenes es casi imposible no dejarse llevar. A los retratos de niños, mujeres y animales en equilibrio, se suman los efectos de los tonos sepias, la influencia de la música que oscila entre los étnico y lo religioso, la ambientación producto de la luz tenue, y por supuesto, los espejos de agua que acompañan cada foto; todo enmarcado por el museo nómada, una espectacular estructura que tiene como componente central al bambú, material que remite a tierras lejanas, a naturaleza viva.

Por eso, cada persona que sale de la exposición sale conmovida. Deseosa de llevarse algún recuerdo. Un mousepad, un poster o al menos una postal. Algo que le permita mantener un vínculo con la experiencia que acaba de vivir.

II

“¿Por qué el niño le rezaba al elefante?”, le pregunta a sus padres un niño apenas mayor que los que aparecen en las imágenes. No alcancé a escuchar la respuesta pero cualquiera que haya sido habría sido fruto de la imaginación de quienes lo acompañaban, o de un conocimiento previo, ajeno a lo que todos acabábamos de ver. Porque en Ashes and Snow no aperece un solo texto. Una sola línea que te explique qué estás viendo. No sabemos, y evidentemente en opinión de Gregory Colbert no necesitamos saber, dónde fueron tomadas las imágenes, quiénes son los niños, las mujeres ni porque conviven con esos animales.

La explicación resulta irrelevante porque el objetivo no es informar; el propósito de la muestra, y lo hace muy bien, es provocar emociones en el espectador. Y para eso no necesita decir, sino envolver. Para eso son las imágenes, colores, sonidos, olores y texturas. Es una experiencia multisensorial despojada de contenido. Es sensación pura, no cultura.

De ahí que al terminar el recorrido uno sea capaz de explicar cómo se siente pero incapaz de compartir algún tipo de conocimiento.

III

El éxito de Ashes and Snow es que exige lo mínimo para ser disfrutada. Sólo hay que sentir y para eso, al menos en alguno de sus niveles, no se requiere mayor formación. Basta con dejarse envolver. Nadie, por eso, puede equivocarse al recorrerla. No demanda conocimientos previos de nada. No pide que leas ni que memorices. No requiere esfuerzo. No tiene que ser interpretada. La falta de contexto previo – dónde se tomaron las fotografías y porqué ocurre lo que ocurre – conduce a la falta de reflexión posterior: “Qué revela lo que acabamos de ver”. No se puede reflexionar sobre lo que no se conoce. Excepto, quizá, salvo con lo que pasa en el interior de quien vive la experiencia. Y ahí, nuevamente, no hay juez externo que valga. Nadie puede juzgar las emociones propias.

Por eso Gregory Colbert es un éxito global. Lo pueden entender en Nueva York, Madrid, Bogotá o México. No importa quién lo vea porque los códigos son apenas los mínimos para poder ser compartidos por sociedades aparentemente distantes: naturaleza, seres humanos, armonía y cierta estética, son los ingredientes básicos. Prácticamente, ocurre lo mismo que con los videos de caídas de personas, accidentes en las bodas o persecuciones policiacas. No hace falta saber quiénes aparecen en la historia, dónde ni cuándo ocurrió. La situación se explica por sí misma y por eso puede ser explotada por todo el planeta provocando las mismas reacciones. Es el efecto Shakira.

IV

Gregory Colbert es el Shakira de la fotografía porque venden lo mismo. No se trata de regatear el talento de ambos artistas. Son protagonistas, los dos, de grandes éxitos globales por su capacidad de comunicar. La pose de superioridad del crítico está de más. Tampoco está detrás la idea de que el arte deba servir para causas más trascendentales, ni que deba ir más allá del puro entretenimiento para formar, educar o tender puentes. El arte es lo que cada artista crees que es y así lo valora su público. En todo caso eso que lo discutan los especialistas.

El propósito de este texto es otro, es llamar la atención sobre los ingredientes de la fórmula. Los que permiten los grandes éxitos de taquilla. Shakira es extraordinaria por muchas cosas. Su voz, su interpretación, ritmo y estilo. Pero también por que pasa del belly dance o danza del vientre, al movimiento tipo robot extraído de los años 80. Es, como decía Alain Touraine hace algunos años, cultura sin comunidad. Signos, símbolos, mensajes, sacados de su fuente original para ser reinsertados en un nuevo contexto que no requiere mayores explicaciones para ser disfrutados.

Como se puede leer en un aparador de Nike en la Ciudad de México.

Be true”

En 1985, la cultura de la calle y el deporte se cruzaron de una forma nunca antes vista, y una nueva generación de pioneros nació. Y con su despertar, la expresión y la creatividad cambiaron también definitivamente.”

Representando a este movimiento, el Dunk. Convirtió a equipos en tribus, a individuos en movimientos, y modificó para siempre la forma en que veríamos a un simple zapato de basketball.”

Han pasado ya casi 23 años. Lo que nació en la duela, hoy vive en las calles, en los barrios de todo el mundo. Un zapato de basketball. Un zapato de skate. Un zapato clásico. El zapato de la música.

El de la independencia. Una pieza de historia. Una obra de arte. Un momento en el tiempo.

Pero por encima de todo, Dunk es un recordatorio de lo que pasa cuando eres honesto, cuando eres real.”

Publicidad como manifiesto ideológico, como confesión de parte. Quitemos la expresión “de la calle”, cambiemos la palabra deporte por la de mercado, y tendremos la explicación: “1985, la cultura y el mercado se cruzaron de una forma nunca antes vista, y una nueva generación de pioneros nació. Y con su despertar, la expresión y la creatividad cambiaron también definitivamente.”

Después vendrían Madonna con su tercer ojo estilo hindú, las tiendas Zara Home repletas de productos étnicos, y por supuesto, el baile de Shakira y las exposiciones de Gregory Colbert.

V

Un último vistazo a la exposición. Frente a los productos de la tienda de regalos, el siguiente letrero: “Pulsera $35 pesos. Cierra los ojos y escoge tu pulsera de la suerte”. “Tu no la elijes, ella te elije a ti”, explica la vendedora. Todo un éxito. Setescientas vendidas sólo ese día.

A la exaltación de lo sensorial se suma una justa dosis de estética y esoterismo. Cultura hecha mercado. Una pulsera de yute teñida con thé verde. El cierre ideal para una exposición de nuestro tiempo.

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