Las botellas de champagne llevan años enfríandose y los carteles de “Cuba libre” están ya empolvados de tanto esperar en las bodegas de Miami. Todo listo desde hace décadas a la espera de la gran noticia: la muerte de Fidel Castro. Con ese hecho, esperaban sus críticos y opositores dentro y fuera de la isla, comenzaría a escribirse una nueva historia. El control unipersonal pasaría factura y los grupos antagónicos encontrarían en la confusión y el caos el espacio para impulsar las reformas que por tanto tiempo han anhelado.

El problema es que Fidel no se ha muerto. Pero esa no es novedad. La verdadera noticia es que Fidel hizo algo que parecía casi tan difícil como no morirse, convirtió su muerte en un asunto irrelevante, y eso para sus enemigos, resulta peor. Por eso Fidel Castro se ha convertido en el gran aguafiestas de la Historia, así con mayúsculas; porque se fue cómo y cuando él quiso y ninguno de sus críticos tuvo ánimo para celebrar.

Conocedor de las fortalezas del régimen que construyó pero también de sus debilidades, empleó su largo, larguísimo colmillo político fruto de 49 años en el poder, para sacar provecho de lo que para otros podría ser una fatalidad: su pobre estado de salud. Obligado por las circunstancias, Castro encontró en su salud algo más que una razón para alejarse del poder: encontró una justificación para emprender su retiro.

Así, el 31 de julio de 2006 anunció a los cubanos y al mundo que cedía el poder temporalmente a su hermano Raúl. Todos tomaron nota pero quizá pocos entendieron la trascendencia del gesto. 18 meses y 24 días después dio a conocer a través del diario Granma en su edición del 19 de febrero de 2008 que no “que no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe” , frase con la que puso fin a su liderazgo formal.

Con la noticia reaccionaron en todo el mundo. El Presidente estadounidense, George W. Bush, expresó que esperaba que el anuncio fuera el “comienzo de la transición democrática en Cuba” y Javier Solana, responsable de la política exterior de la Unión Europea, afirmó que la decisión de Castro “puede encaminar a Cuba en un proceso de transición” hacia un régimen democrático. Así se sucedieron las declaraciones una a una, aunque ninguna con gran entusiasmo como si todos supieran que más allá de los cambios por venir, en el fondo el anuncio de Fidel Castro deja las cosas en su mismo lugar.

Por eso la noticia provocó inquietud por todos lados, excepto en Cuba. En la Isla, cuando se conoció la despedida del Comandante en Jefe, nada pasó. La explicación es simple, cuando Castro se fue para el mundo, en realidad hacía tiempo que se había ido para los cubanos. Y se fue sin grandes dramas, con algunas fotos, videos y 77 artículos en prensa desde su convalecencia, como quien se va de poco en poco para que nadie note el día que de veras no esté.

Luego del anuncio de su retiro final las botellas permanecieron cerradas y los carteles empolvados, y en el frustrado festejo de sus adversarios, Castro tiene muchas razones para sonreír. Esta fue su victoria final.

Con el tiempo- si la política y los políticos de Cuba están hechos de lo mismo que en todo el mundo- vendrán las disputas internas. Las batallas por la herencia y los debates sobre el rumbo del país. Así debería ser y así será. En ese proceso es posible que muchas de las decisiones tomadas por Fidel Castro lleguen a su fin, y no sería extraño que en largo plazo algunos de sus adversarios puedan impulsar sus proyectos largamente acariciados.

En el camino de la historia, es cierto, todavía pueden pasar muchas cosas. Sin embargo, al menos en esta vida y en este tiempo, el político Fidel Castro, el gran aguafiestas, les ganó a todos.

macamposc@gmail.com

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