Los Méxicos de Calderón

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El 21 de septiembre del 2007 debería ser una fecha importante en la historia política del país. Ese día el Presidente Felipe Calderón ofreció uno de los discursos más duros que ha pronunciado un Mandatario mexicano en las últimas décadas. Ahí, rodeado de los que se suponían eran parte de los 300 líderes más importantes de México, exhibió un duro diagnóstico de la vida nacional.

Durante su intervención les recordó que eran seres privilegiados por las oportunidades recibidas en un país “quebrado por el dolor de la injusticia y la desigualdad.” Por eso, dijo Calderón, México tenía más que exigirles en su papel de “minoría selecta que a final de cuentas marca cadencias en una generación.” El llamado no era cosa menor en un país que ha sufrido crisis económicas periódicamente que “han mandado a más de la mitad de los mexicanos a la miseria otra vez”. El reproche fue a más: “Cuántas fortunas se han construido sobre la sangre y sobre el dolor de esa mitad de mexicanos. (…) cuántas batallas hemos perdido, cuánto territorio, cuánta mediocridad hemos aportado entre todos para hacer de este país enorme, bendito por sus recursos naturales, por su historia, por su identidad, uno más entre el ciento de países que pueden hacerlo, pero que no lo han hecho.”

Por estas y otras expresiones el discurso llamo mucha la atención, y más de uno lo leímos como un reflejo del verdadero punto de vista del Presidente mexicano. A esas duras palabras, especulamos, seguirían las acciones, los anuncios, los cambios de señal. Pero nada de eso pasó. Al menos nada diferente a lo que podría haber estado escrito en el guión de su Presidencia. Y así llegamos al 30 de octubre en el que el Presidente participó en el Foro: “México Cumbre de Negocios en Monterrey”

En el acto, reunido con Mandatarios centroamericanos e importantes empresarios de todo el país, Felipe Calderón mostró otra visión. Hoy, dijo, “México está cambiando, México enfrenta hoy un panorama totalmente distinto y más alentador que el que contemplábamos apenas hace un año. Hoy puedo decirles que hemos promovido reformas en el sentido correcto, que nos permiten darle viabilidad a las finanzas públicas del país, asegurar la solidez de nuestra economía, dinamizar su crecimiento y dar mayor certidumbre a la inversión y, desde luego, mayor certidumbre a las mexicanas y a los mexicanos.”
En un tono casi eufórico, según se desprende del discurso publicado en internet, celebró la reforma al Sistema de Pensiones de los Trabajadores del Estado, la reforma hacendaria, su propuesta de reforma al sistema de justicia penal, las reformas electorales y sus resultados en materia de combate a la inseguridad. Incluso, el mandatario presumió la mayor inversión extranjera directa para un primer trimestre, la “consolidación y un aumento en el grado de inversión otorgado por calificadoras internacionales a nuestro país”, el desempeño de la Bolsa Mexicana de Valores – “una de las cinco Bolsas más redituables en todo el mundo”- y el crecimiento económico, no obstante la situación de los Estados Unidos. Optimismo fundado en datos duros pero que recuerda a lo que algunos políticos y analistas describían a manera de burla como “foxilandia”, la visión del ex Presidente Vicente Fox, que como ahora hace su sucesor, presentaba cada vez que podía aquellos datos que en su visión mostraban el avance del país.
El cambio del discurso crítico al optimista en poco más de un mes es explicable en cierta medida. Los Mandatarios no pueden decir a todos todo el tiempo que el país está muy mal. Sin embargo, llama la atención que entre estos dos actos no haya pasado nada trascendental que muestre un cambio drástico en la situación del país o su rumbo. ¿Será que el Presidente ha cedido al canto de las sirenas que le dicen que su gobierno va muy bien?, ¿se habrá cansado de lidiar con los problemas, incluida la resistencia de las élites a cambiar su relación con el resto del país? Quizá sólo se trató de un evento aislado que en su opinión ameritaba mostrar la mejor cara de México.
En todo caso habría que preguntarnos qué pasó con el Felipe Calderón que el 21 de septiembre improvisó ese gran discurso. ¿Se habrá quedado en el camino, se convenció de que el proceso será mucho más lento de lo que quisiera o simplemente está esperando una nueva oportunidad para mostrarse, y ahora sí, asumir el mando? Ya veremos.
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