(Artículo publicado en la revisa Etcétera de Octubre)

El 11 de septiembre de 2007 será recordado según quién cuente la historia. Para algunos periodistas como el día en que alzaron la voz para defender la libertad de expresión; para los concesionarios, como la triste fecha en que participaron en una diálogo de sordos que terminó en una votación adversa en el Senado; y para algunos analistas de medios, como quien esto escribe, como el día en que la radio y la televisión hicieron suyo el mismo modelo de comunicación.

El esquema tiene elementos muy definidos: se asume un tema de la agenda como eje casi único del discurso informativo, los conductores actúan como voceros de la empresa, y el resto de los participantes – analistas y entrevistados – contribuyen a fijar un mensaje en la mente de las audiencias. La fórmula ha sido empleada por diversos medios en varios momentos, como hiciera Televisión Azteca luego del asesinato de Paco Stanley en 1999. Estrategia que no está libre de riesgos, especialmente cuando se generaliza su aplicación como fue el caso. Veamos algunos de los efectos.

1. Desaparece la distancia entre el tema y el periodista. En palabras del teórico Héctor Borrat, el periodista deja de ser comentarista del conflicto para convertirse en parte del mismo; al asumirse como parte, los medios dejan de dar la noticia para convertirse en la noticia. Postura que por sí misma carga la balanza en contra de quien juega como antagonista del medio.

2. Confusión de argumentos, confusión de roles. Es comprensible que los empresarios de los medios busquen las mejores condiciones para su negocio; también que los periodistas adviertan sobre lo que perciben como amenaza a la libertad de expresión; el problema surge cuando se mezclan ambas posturas en el mismo discurso. ¿El efecto? La percepción de que hay periodistas peleando por la defensa del negocio, combinación que juega en contra de su credibilidad.

3. Desaparición de la disidencia. Cuando un medio de comunicación toma una postura como única, asume las pérdidas en términos de equilibrio informativo; no obstante, el costo puede ser subsanado por la oferta de otros espacios con posturas distintas. Lo grave del 11 de septiembre es que la disidencia prácticamente desapareció de los espacios comerciales. Las cadenas de radio y televisión cerraron filas y la teoría de la espiral del silencio hizo gala de su incómoda pertinencia. Cuando todos los medios – y sus colaboradores – expresan los mismos pensamientos, se vuelve más costoso demostrar que se piensa diferente.

4.Desaparecen las diferencias. Al unificarse el discurso se pierden los enfoques que distinguen a un medio del otro. En la uniformidad ganan los grandes jugadores – que dominan el mercado – y pierden los emergentes, que sólo tienen oportunidad al ofrecer algo diferente. Sorprende por ello, por ejemplo, que Cadena Tres – la opción más joven en el mercado de la televisión en México – haya dejado ir la oportunidad de distinguirse de sus competidores al expresarse con discursos similares a los de su competencia. El error, por cierto, movió días después a una rectificación en la que sus mismos comunicadores reiteraron su respeto por las instituciones, bandera de ese grupo de medios hasta antes del martes negro.

En contraste – y siguiendo con el mismo punto – destaca la periodista Carmen Aristegui que desde su espacio en W Radio y a través de su columna en el diario Reforma, dejó en claro su disenso, gesto lo que la colocó – se compartan o no sus puntos de vista– como una opción distinta, incluso más cercana a los esfuerzos que se hicieron en esos días desde los medios públicos que tampoco se sumaron al frente coordinado por la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión.

Los periodos de cambios que estamos viviendo son también tiempos de definición; situaciones que obligan a fijar posturas y revisar principios y estrategias. El 11 de septiembre los mexicanos vimos qué eligieron los principales medios de comunicación en nuestro país. Habrá que ver si en las coyunturas por venir, toman la misma decisión.

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