Hace unas semanas las miradas de buena parte del mundo – incluídas las de los mexicanos – se colocaron sobre los juguetes Mattel. La causa, el reconocimiento por parte de esa compañía de la presencia de plomo en algunos de sus juguetes. La reacción de los medios y -según la misma prensa – de la opinión pública fue de indignación. ¡Cómo se permiten esas fallas de seguridad en productos tan delicados! El tema, por supuesto, provocó el retiro de los productos contaminados al grado de que el periódico Excélsior publicó apenas este fin de semana una nota sobre cómo quitarle a los niños sus juguetes favoritos sin que lo padezcan tanto.

Pero lo más curioso es que apenas unos días después, el gobierno de California advirtió sobre las altas cantidades de plomo contenidas en los dulces Miguelito y Barrilito, dos dulces muy populares en México. Sólo que en este caso ni los medios mexicanos ni la población parecen habérselo tomado muy en serio. Al menos no las autoridades de México que hasta donde sé no tienen planeado realizar una investigación al respecto.. y a nadie parece importarle.

No se trata de linchar a Miguelito sino de llamar la atención sobre un dato que ha descrito Ulrick Beck en su teoría sobre los riesgos: más allá de sus componentes reales, es la cultura la que determina qué constituye un verdadero peligro y qué no, en función de los límites que estamos dispuestos a manejar sin preocuparnos. Y para un país que consume tanta comida en las calles como quesadillas, tacos, papas, verduras o chicharrones, sin mirar con mucho pudor las condiciones de higiene, está claro que la eventual presencia de plomo en dulces no es un motivo de preocupación.

Buenas noticias para Miguelito – y quienes tendrían que enfrentar una eventual crisis de imagen pública – aunque quizá no tan buena para nuestra salud.

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