Vivir con miedo

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Los titulares de prensa del miércoles 11 de julio fueron muy claros: “EPR, Nuevo Desafío” (Excélsior); “Alerta roja, el EPR se adjudica las explosiones” (Milenio); Sabotaje de EPR a Pemex” (El Universal); “Firma EPR explosiones” (Reforma). Como es evidente la reivindicación por parte de un grupo guerrillero de lo que parecían ser accidentes, acaparó la atención de los principales diarios nacionales, y con razón, pues no todos los días se da a conocer información tan impactante. ¿O si?
En principio habría que decir que no. La guerrilla en México es más un actor histórico o político que militar, por ello fue de llamar la atención la capacidad operativa de este grupo. Sin embargo, el tratamiento de la información no es del todo original si la entendemos como parte de una serie de mensajes que tienen como efecto, que conste que no dije como objetivo, la generación de miedo entre la sociedad.

Apenas días antes de los atentados uno de los ejes dominantes en la prensa fue la aparición de grietas en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Primero, por la trágica apertura del suelo en Iztapalapa, que acabó con la vida de un joven de 19 años; luego, el reblandecimiento de terreno en el municipio de Nezahualcoyotl en el Estado de México, ejemplos visibles de una amenaza latente que de pronto brincó a las prioridades informativas de los medios nacionales, que hicieron suyos términos como “riesgos”, “zona de desastre”y “evacuaciones”, entre otros conceptos que aparecen frecuentemente asociados a fenómenos naturales como huracanes y sismos, pero que ahora fueron empleados en el marco de la vida cotidiana de millones de habitantes.

El peligro está ahí y por eso no hay duda sobre la pertinencia de la cobertura, pero habría que entenderla en un marco en el que el miedo es cada vez más un protagonista en las noticias. En ocasiones, la causa de insomnio debería ser el calentamiento global, con sus potenciales efectos catastróficos; en otros, la violencia del narcotráfico o las amenazas más allá de nuestras fronteras como el terrorismo, la gripe aviar o el mal de las vacas locas; sucesión de amenazas lejanas que se vuelven próximas, en buena medida, por el papel de los medios de comunicación que construyen realidades en las que los consumidores somos potenciales receptores de todos los males habidos y por haber.
El tema no es del todo novedoso para la sociología y el análisis de medios. Autores como Zygmunt Bauman (Miedo líquido, la sociedad contemporánea y sus temores. Ed. Paidos), o Enrique Gil Calvo (El Miedo es el Mensaje,Riesgo, Incertidumbre y Medios de comunicación. Alianza Editorial), ya han abordado este concepto que parece haberse expandido del espacio de los noticieros para pasearse libremente por la publicidad.
Insistentes mensajes – fundados algunos en razones médicas pero con interés comercial – advierten sobre los riesgos que corren niños (neumococo), mujeres (en especial cáncer) y hombres, que son tratados como enfermos que deben ser curados por la gracia del consumismo. Ya sea que se trate de la publicidad de medicamentos o de la larga lista de los llamados productos milagro, que curan hasta los males que no se tienen. Acompañados, por supuesto, por la creciente cantidad de alimentos – aceites, cereales, lácteos, etc. – que se anuncian como si se tratara de productos de salud dirigidos a personas a punto de padecer diabetes o sufrir un infarto.

Basta con una tarde de exposición a los comerciales para comprobar que el miedo está de moda como motor de consumo. Fenómeno en el que los productos informativos aportan una notable cuota. La reflexión queda ahí para periodistas, publicistas y sobretodo para quienes somos su público, obligados a estar consientes del perfil de los mensajes que cada día recibimos con mayor intensidad.
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