México 2030 (Sobre la propuesta de Felipe Calderón)

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(Artículo publicado en Excélsior el 14 de octubre)

Al presentar su propuesta para definir al México del 2030, Felipe Calderón va en contra de la clase política, la cultura nacional, y una de las características de nuestro tiempo: la inmediatez. Convencido de la necesidad de superar la dinámica que nos mantiene atrapados en las coyunturas, el Presidente electo ha lanzado un llamado para que definamos los pasos a seguir durante las próximas cuatro administraciones, con el fin de lograr mayores niveles de desarrollo.

Sin demérito de las reacciones positivas que ha cosechado, es pertinente contener el optimismo ante factores que ponen en riesgo la iniciativa. En primer lugar, la mezquindad de políticos y algunos analistas, incapaces de pensar más allá de lo inmediato. Acostumbrados a enfocar sus esfuerzos en la constante lucha por el poder, sufren al pensar que pudiera existir una agenda común que establezca límites para el debate político.

Con ese enfoque, no faltó el columnista que leyera en la idea de Calderón, un discurso encubierto a favor de la permanencia del PAN en el poder. Como si nuestra realidad fuera la única posible, se niegan a reconocer otras historias de éxito, como la española, que ha mostrado que la continuidad de ciertas políticas más allá de las diferencias partidistas, es un elemento clave para el crecimiento de un país. Sin embargo, algunos se mantienen empeñados en poner el acento en nuestras diferencias, sin reconocer incluso, que en el propio caso mexicano ya hay algunos excepcionales ejemplos en este sentido. Ahí están los resultados en la política macroeconómica y en el combate a la pobreza extrema, áreas en las que hay resultados tangibles gracias al seguimiento que el foxismo dio de iniciativas planteadas durante la administración de Ernesto Zedillo.

Reconocer, por ejemplo, los aciertos en materia de promoción de la vivienda durante los últimos seis años, sería otro punto de partida. Lo trágico es que estos reconocimientos van en contra de una tradición política que se sintetiza en la idea de que todo lo pasado estaba mal, y que serán los nuevos los portadores de las soluciones, creencia que se manifiesta en gestos ridículos, como cuando la primera acción de los nuevos gobernantes es rebautizar los programas de sus antecesores.

Construir diagnósticos compartidos puede ser el inicio para llegar a soluciones conjuntas. No se trata de negar al conflicto que nace con las naturales diferencias que existen entre los partidos. La pluralidad es útil para un país, pero no cuando se entiende como incapacidad para establecer acuerdos en ciertos temas, sin que se generen de inmediato sospechas de malos arreglos.

Pero esta es sólo una parte del problema. Educados en el corto plazo, los mexicanos carecemos de herramientas de planeación que nos permitan entender la vida como un proyecto de largo aliento. Pensemos, como un simple ejercicio, en cuántas personas conocemos que tienen claro qué quieren hacer de sus vidas para los próximos cinco o quince años. Es verdad que la incapacidad para vernos a futuro se explica en parte por la precariedad. Muchos no mienten al decir que viven al día. Pero esa actitud se extiende a sectores que podrían contar una historia diferente. Mírese como ejemplo al poco ahorro que solemos tener, derivado de nuestra inexistente planeación que a nivel nacional se expresa, entre otras cosas, en la permanente amenaza de la crisis de pensiones.

Sin políticos dispuestos ni ciudadanos interesados, parece imposible la tarea. Más aún cuando vemos que el cambio más significativo de las últimas décadas a nivel mundial, quizá sea el que pasa por nuestra relación con el tiempo. Si bien resulta obvio la disminución que ha tenido el mundo físico en muchos campos – pensemos en el tamaño de las computadoras – es menos evidente, si me permiten la expresión, el “encogimiento” que ha tenido el tiempo.

Con la llegada del tiempo real a nuestras vidas gracias a la tecnología, los seres humanos hemos perdido notoriamente la paciencia. Se padece en la espera al teléfono, en el restaurante y en general en cualquier otra actividad que nos demanda tiempo, activo que no estamos dispuestos a perder. Como estampa del fenómeno, hace unos días me hablaban de la desesperación de unos bebes de dos años, que impacientes lloraban mientras se regresaba un video VHS, acostumbrados como están a la velocidad de un DVD que se reinicia en segundos.

Quizá por ello algunos sociólogos consideran que con los cambios que hemos vivido, ahora todos mostramos permanentemente la impaciencia de los niños. Fenómeno que en este caso se traduce en ciudadanos que demandan soluciones inmediatas, renuentes a tener que esperar para ver resultados; veneno puro para quien invita a pensar en el 2030.

A pesar de lo anterior, o precisamente por ello, es que resulta pertinente la propuesta de Felipe Calderón, pues aunque políticos y ciudadanos lo ignoremos, el futuro estará ahí, esperándonos con su carga de problemas o con los frutos que cultivemos durante los próximos cuatro sexenios. La invitación está abierta: démonos, al menos, un tiempo para pensarla.

macampos@enteratehoy.com.mx

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