Dos relatos

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(Artículo publicado en Excélsior)
La política —dice el sociólogo Murray Edelman— es la lucha por la «interpretación simbólica de los hechos», expresión que nos recuerda que en los temas sociales, en vez de hablar de verdades únicas, solemos encontramos con distintas versiones peleándose por ganar las mentes de los ciudadanos. La referencia viene a cuento en este tiempo en el que la política mexicana ve cómo transcurren al menos dos relatos que se presentan y crecen cada día.
Para algunos observadores, el conflicto poselectoral de México ha entrado en su fase final y, aseguran, hay razones para sonreír. Su optimismo se basa en que, finalmente, el reloj judicial parece acercarse al tiempo político y en unos días tendremos Presidente electo. Por ello, nos dicen, es que diversos actores han empezado a volver poco a poco a la normalidad. Los perredistas, por ejemplo, ya eligieron a sus coordinadores parlamentarios —Javier González Garza y Carlos Navarrete— y la lectura fue casi unánime: ganó el partido, perdió López Obrador.
Ante estas voces, los nuevos líderes en el Congreso han sido especialmente cautos para no ser acusados de traición, no obstante han empezado a escucharse expresiones alentadoras. El PRD —ha señalado su nuevo coordinador en San Lázaro— no quedará fuera de los futuros acuerdos, y por eso formará parte de las negociaciones entre las distintas bancadas. Hablar de diálogo entre los grupos parlamentarios debería ser una obviedad, no obstante, en este clima de crispación es un guiño que ayuda a disminuir la tensión y muestra a un partido que no quiere tirar por la borda el capital ganado en las urnas.
A esta señal se suman los discretos deslindes de la Unión Nacional de Trabajadores —que no acudirá a la Convención Nacional Democrática convocada por López Obrador— y las claras posturas de Dante Delgado, líder de Convergencia, quien ha mandado dos mensajes inequívocos: reconocerá a quien el Tribunal señale como próximo Presidente, y dice que el 16 de septiembre habrá desfile militar con toda normalidad. Es triste que sea notable el compromiso con la ley; aun así es digno de mención cuando el emisor es un miembro destacado de la agonizante Alianza por el Bien de Todos.
Finalmente, hay otras líneas que completan el cuadro: el retiro parcial del bloqueo de avenida Reforma, así como el reconocimiento, ante el Financial Times, de la pérdida de simpatizantes por parte de Andrés Manuel quien, con ello, revela que todavía mantiene contacto con la realidad. Lo extraño es que, al mismo tiempo que escuchamos esta visión —que plantearía que podemos estar tranquilos—, también vemos cómo se reproduce otra teoría que asegura que el conflicto apenas empieza. Y como muestra, llaman nuestra atención sobre hechos o acciones de los mismos personajes. Ahí está, por ejemplo, la actuación de Marcelo Ebrard, que apenas muestra sensatez al anunciar la liberación de cruceros en la víspera del reinicio de clases, pero es también quien llama a los simpatizantes de AMLO a desconocer como futuro Presidente a Felipe Calderón, el mismo con quien probablemente tendrá que trabajar como próximo jefe de Gobierno. En otras palabras, un virtual gobernante que de entrada desconoce a los poderes Ejecutivo y Judicial, con las implicaciones legales y políticas que eso significa.
Estamos también ante dos bancadas perredistas que anuncian que en su debut –el próximo 1 de septiembre– impedirán al Presidente el uso de la Tribuna bajo la premisa de que fue Vicente Fox quien orquestó el fraude del 2 de julio —por cierto, la misma elección que permitió que esos legisaldores llegaran al Congreso de la Unión—. Todos ellos comandados por Andrés Manuel López Obrador quien cada vez radicaliza más su discurso y habla ya de la «revolución» que necesita México, del cambio de la forma de gobierno y de su próxima autoproclamación como Presidente de la República.
Dado lo contradictorio de ambas visiones, el sentido común nos dice que no pueden ser las dos ciertas, ¿cuál debemos creer entonces? En principio, hay que reconocer que la ambigüedad es un signo de estos tiempos, de ahí que las dos tendencias tengan fundamento. No obstante, tratándose de políticos yo apostaría por el pragmatismo, es decir, que en el mediano plazo se mantendrán fieles al movimiento de Andrés Manuel López Obrador aquellos actores que no tienen nada que perder, ya sea porque dependen del líder o porque cuentan con una fuente propia de poder e ingresos.
En contraste, quienes necesitan de la opinión pública o de otros actores políticos: aliados partidistas, legisladores que aspiran a ocupar cargos en comisiones importantes y, eventualmente, los próximos gobernantes de la capital, tendrán más incentivos para mantenerse dentro del cauce institucional e, incluso, deberán dialogar con sus adversarios. Al ser éstos mayoría, y si tuviera que apostar, no hay lugar a dudas: no obstante el ruido presente y por venir, me quedo con el primer relato.
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