Miremos al PRI

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(Artículo publicado en Excélsior el 22 de julio)
Si queremos saber qué le espera a México en los próximos meses, tenemos que mirar al PRD; si deseamos conocer qué rumbo tendrá nuestro país durante los siguientes seis años, probablemente sea necesario analizar al PAN; pero si queremos imaginar qué desarrollo tendremos, tal vez durante la próxima década, es indispensable que coloquemos la mira sobre lo que pasa hoy con el PRI.

Ubicado por los votantes como la tercera fuerza política, el otrora partido hegemónico pasa indudablemente por una mala temporada. Habitual protagonista de primeras planas y columnas políticas, en las últimas semanas el tricolor es apenas un actor de reparto en la escena mediática nacional. Podemos entender porqué. Su ex candidato presidencial se encuentra en Singapur rumiando su tercer lugar en la contienda; la dirigencia nacional carga con el sello de su derrota histórica, y aún no hay claridad sobre quiénes serán los que asuman el mando en la etapa por venir.

Pero esta ausencia coyuntural no debe confundirnos. Con los resultados del 2 de julio en la mano, podemos afirmar que el PRI será nuevamente el partido que definirá en buena medida el destino de la nación, gracias a sus futuros 103 diputados y 33 senadores. Se tratará de los grupos parlamentarios más pequeños en su historia, sin embargo, no hay que subestimarlos pues serán el fiel de la balanza en el próximo Congreso de la Unión.

Aún estamos padeciendo, es cierto, la cruda postelectoral, pero vale la pena recordar que las campañas, ésas que tanto padecimos, cumplieron con su función al revelarnos qué ofrecía cada quien. Para el próximo sexenio no podemos esperar otra cosa sino un PAN pro reformas. Ese fue su compromiso y sólo así adquiere sentido la búsqueda de un gobierno de unidad o coalición. En contraste, el PRD apostará todas sus fichas para que eso no ocurra y pase lo que pase en los siguientes meses, López Obrador ya ha empeñado su palabra en que seguirá trabajando para impedir el avance del modelo, que en su opinión, ha hundido a México. Se puede coincidir con una u otra postura. Lo importante es que sabemos qué esperar.

De ahí que adquiera tanta importancia conocer cuál será la actuación del PRI durante los próximos años. La respuesta no es sencilla. Pocos días antes de la elección una página web española me pedía que los sacara de dudas: ¿es el PRI de izquierda o de derecha? La respuesta quizá les generó más confusión: es de ambas. Al ser durante décadas la única vía para obtener el poder público, el tricolor se convirtió en el campo de batalla de visiones encontradas.

Desde 1982 y hasta el 2000, el PRI fue el partido que impulsó al diablo llamado neoliberalismo. Sin embargo, en el último sexenio cambió de rumbo, según se dijo, por razones ideológicas; verdad puesta en duda por un Roberto Madrazo que como candidato, se anunciaba como promotor de las reformas estructurales que como dirigente partidista no impulsó. La pregunta resulta obligada: ¿el bloqueo priista a los cambios desde el Congreso se debió entonces a convicciones o una estrategia electoral sexenal?

Los mensajes de campaña y los resultados obtenidos nos dieron la respuesta: se trató simplemente de una mala estrategia. El tricolor de Madrazo apostó por el fracaso del foxismo como la vía para volver a Los Pinos. Ofrecer en campaña lo que se negó desde las posiciones de poder fue un acto de mezquindad e incongruencia que, por fortuna, terminaron pagando en las urnas.

¿Entendió el PRI la lección? De ser así, lo que seguirá es un debate serio sobre su identidad, tanto en su rol de oposición como de gobierno. Qué reformas propondrá o apoyará durante los siguientes años. Cuál es la visión de país que ofrecen a los electores. Qué comparte con la propuesta del PRD y qué con la de Acción Nacional. El proceso electoral que está por concluir en las siguientes semanas fue muy intenso para el PRI más allá de los resultados obtenidos; en el transcurso de las campañas se hicieron evidentes las diferencias entre sus propios grupos. Algunos optaron por cambiar de militancia. Otros, simplemente, se pronunciaron u operaron por otros candidatos pero sin renunciar al partido. Toca ahora a los priístas, redefinir cuál es la materia común que los une mas allá de la mera ambición de poder.

Y una vez que resuelvan ese necesario debate interno, deberán preguntarse cómo van a jugar durante los próximos años, con miras – por lo pronto – a las elecciones del 2009. En esa discusión podrán elegir el modelo panista, ése que los blanquiazules llevaron a cabo con éxito desde 1988, y que les permitió sacar adelante su agenda y ganar electores, gracias a intensas negociaciones con los gobiernos priistas; otra opción es la receta perredista, recién validada por los buenos resultados obtenidos, y que les lleva a jugar de oposición sin ceder ni un centímetro, con los costos y beneficios que eso implica. Habrá que ver cuál de estos caminos siguen los priístas, por ahora lo único claro es que su decisión nos afectará, de una u otra forma, a todos.

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