Todos a votar (o la agenda para el que gane)

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(Este artículo apareció publicado el sábado 1 de julio en Excélsior pero tiene ideas que valen para después de la elección. A ver qué les parece)

Llegó el día. Finalmente, (…) elegiremos a quien será nuestro próximo Presidente de la República. Quien gane, no hay duda, será un Mandatario legítimo, atributo que lamentablemente desde ahora hay quien le quiere regatear bajo la premisa de que será producto de una participación electoral escasa sumada a unas preferencias divididas. En esa lógica, incluso, se han escuchado algunas voces que consideran que el ganador será uno de los gobernantes elegidos con el menor número de votos en la historia reciente de nuestro país. La idea, aunque vendedora, es engañosa.

En primer lugar, porque lo que le otorga la legitimidad al ganador no es la cantidad de votos que obtuvo, sino el número de votos válidos que en realidad se emitieron en conjunto. En otras palabras, la idea de la democracia descansa en que todos aquellos que participamos en el proceso electoral – candidatos y ciudadanos – lo hacemos con el compromiso de avalar el método y por lo tanto el resultado. Quien triunfe gobernará para todos, no sólo para quienes lo respaldaron.

Ante esas voces también habría que recordar nuestro pasado político en el que prácticamente bastaba el voto de un solo hombre – el Presidente saliente – para designar a su sucesor. En ese sistema, la legitimidad descansaba más en el aval de los sectores del partido-gobierno, que en el auténtico respaldo ciudadano en las urnas. Citando a un clásico: no nos hagamos bolas, el ganador de mañana será infinitamente más fuerte – en su origen – que cualquiera de los que fueron electos en un sistema en el que no había competencia real ni libertad de información y opinión. Como ejemplo crudo basta con recordar la elección de José López Portillo, quien ni siquiera enfrentó una competencia en la boleta.

La precisión es pertinente pues no podemos quitarle mérito desde ahora a quien nos gobernará durante los próximos seis años. Sería un grave error pues ya ha sido demasiado costosa esta contienda. Evaluemos, si se quiere, la pertinencia de una segunda vuelta pero eso no aplicará en esta ocasión. Por eso, cuando se anuncie el nombre de quien ganó habrá que cerrar filas y reconocerle todo su capital político pues le hará falta. Y es aquí que quisiera llamar la atención sobre algunas de las tareas que demandarán la atención del futuro ganador.

El primer desafío será darle vuelta a la página. La polarización es real y todavía no sabemos hasta dónde ha perneado en la sociedad y hasta dónde fue sólo un tema de campaña. Cualquiera que sea la respuesta, la primera tarea del ganador será tender puentes. Por un lado, entre la clase política que se seguirá viendo las caras en diversos espacios de poder como el Congreso: por el otro, entre la población. México cuenta entre sus activos con una sociedad que no está confrontada y ningún político debe jugar con eso.

En esta lógica, el ganador también deberá llevar a la práctica lo que Dick Morris ha bautizado como la triangulación, estrategia que consiste en retomar las banderas de los adversarios. Si bien el planteamiento del consultor norteamericano se refiere a la comunicación política, debe utilizarse en el escenario mexicano más allá de la lógica electoral. Si algo ha mostrado esta larga contienda han sido las diferencias entre las visiones de los distintos aspirantes. En algunos casos con visiones incompatibles, pero en muchos otros, únicamente con diferencias de acentos.

Si gana Felipe Calderón, por lo tanto, no sólo deberá cumplir con sus promesas de empleo sino que estará obligado a incorporar parte de la oferta social de Andrés Manuel López Obrador. En el mismo sentido, un Andrés Manuel ganador tendrá que ser especialmente cuidadoso y responsable con todas las variables de la economía que hoy nos han dado estabilidad. Jugar con la inflación, las reservas o cualquier otro factor que se traduzca en crisis sería sumamente costoso, e implicaría la muerte política del PRD que en los hechos habría dado por buenas todas las advertencias de sus opositores.

México, decía ayer en estas páginas Jorge Fernández, no se puede reinventar cada sexenio. Tiene razón. En estos años los mexicanos hemos logrado triunfos importantes. Nuestra política social – formada y mejorada a lo largo de los últimos sexenios – es reconocida internacionalmente; tenemos estabilidad económica y hemos avanzado en campos importantes como la transparencia y la democracia en su sentido más amplio de ejercicio de las libertades. En estos y otros ámbitos no hay que hacerle al alquimista.

El reto para el ganador de mañana será reconocer lo que sí funciona y utilizar toda la fuerza de su triunfo en construir un gobierno con liderazgo que nos lleve por el que él considere el mejor camino. Esa será su tarea. La nuestra, por ahora, es salir a votar el día de mañana. Que cada quien cumpla su parte.

PD. En estos momentos, cuando es 4 de julio, puedo decir con orgullo que los ciudadanos que votamos y participamos en el proceso de una u otra forma, cumplimos con nuestra parte. Felicidades para todos.
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