(Artículo publicado en Excélsior el 10 de junio)

Quienes trabajamos de alguna manera con los medios –politólogos, publicistas, mercadólogos y políticos– lo sabemos: percepción es realidad. Y como en “La boa”, la célebre canción de la Sonora Santanera, también lo saben los locutores, los periodistas y los ingenieros. Todos lo saben. Y lo sabemos porque lo hemos visto. Si alguien lo duda, puede recordar a Arturo Montiel, quien vio desvanecer sus aspiraciones políticas en el mismo espacio en el cual las vio nacer: la prensa escrita y electrónica. Si Montiel es un corrupto o no, es cosa ajena, de tribunales. Comisiones especiales aparte, todo indica que por esa vía nunca se resolverá su caso –y ni falta que hace–, pues en el juicio de la opinión pública, Montiel ya fue sentenciado.
La percepción a veces lo es todo. ¿Recuerdan a Taesa? Desaparecida aerolínea que desde hace algunos años se convirtió –involuntariamente, por supuesto– en mi ejemplo favorito cuando se habla de un mal manejo de crisis. En algún momento de su trágica historia se les cayó un avión, y con él también la confianza de los consumidores, quienes le hicieron el vacío a sus taquillas hasta quebrarla.
Con estos ejemplos, resulta fácil repetir el axioma hasta cansarnos: percepción es realidad, más aún si agregamos uno de sus complementos favoritos: al menos, en cuanto a sus consecuencias. Quizás un banco no tenga problemas financieros, no obstante, bastará con que un rumor sobre sus finanzas cobre suficiente fuerza para que todos sus ahorradores quieran sacar su dinero. En ese momento, la crisis de la institución se hará realidad. Profecías autocumplidas como esta, son prueba del dicho.
Sin embargo, visto el panorama nacional, bien vale la pena recordar que nuestro principio tiene límites. Dicho de otro modo, lo percibido no es necesariamente la realidad. Incluso puede ser su opuesto. La reflexión viene a cuento porque nuestra clase política parece decidida a llevar el reino de la imagen hasta el límite. Vistos los spots y discursos recientes, está claro que para muchos se acabó la realidad y ya sólo existe la percepción.
Bajo esa premisa es que el PAN no ha tenido ningún problema para mentir, como lo ha hecho, al mostrar a López Obrador justificando el linchamiento de Tláhuac, cuando el entonces jefe de Gobierno se refería, en la imagen mostrada, a hechos diferentes. Miente también el PRD al inducir la idea de un Felipe Calderón firmando un aparente Fobaproa, acción evidenciada, al apuntar hechos tan simples como que la mano firmante es de un diestro, mientras que Calderón es zurdo; en esa dinámica encontramos también a Patricia Mercado, quien utiliza imágenes del primer debate para dar la idea de que sus contendientes se inclinan por un triunfo de la candidata.
Manipulaciones todas de diverso grado, pero con un denominador común: lo importante no es lo que ocurrió, sino lo que podemos hacer creer que en realidad pasó. Se dirá que eso ocurre en todo spot. Nadie cree, por ejemplo, que sea un delincuente real quien tiembla de miedo ante la oferta política de Roberto Madrazo. No obstante, aquí estamos hablando de una perversión aún mayor. No se trata de ficción, sino de distorsionar la realidad de tal forma que nada tenga que ver con la verdad.
El fenómeno ha crecido conforme avanzan las semanas y ahora se extiende hasta el discurso público. Luego del segundo debate, se cocinó la idea de un pacto entre las fuerzas políticas. Vistos los mensajes de sus promotores y participantes, el proyecto respondería a las necesidades nacionales. Basta con ver su nombre: Acuerdo Democrático por la Equidad, Legalidad y Gobernabilidad. ¿Quién criticaría semejante compromiso?
Según se anunciaba, sería una pieza clave para apuntalar la elección del 2 de julio. Todos acatarían el resultado y tendríamos una sucesión ordenada. Como ya se ha vuelto costumbre, resultó falso. Con sólo mirar su contenido, resulta claro que es una trampa con diferentes destinatarios, especialmente el IFE, al que le colocan un enorme sello de desconfianza al pedir una auditoría al Padrón Electoral y al Programa de Resultados Preliminares, a pocas semanas del día de las votaciones. Lo que se vende como un gesto de confianza es en realidad una coartada para futuras protestas poselectorales.
Que alguien se sorprenda por el hecho de que los políticos mientan, parece un acto de ingenuidad; aun así asumo el costo, pues el nivel de cinismo va en ascenso y algo debemos hacer. Cada día que pasa se pretende engañar con mayor descaro, incluso con datos que son refutables en pocos minutos.
Ante la proximidad de la elección crece la tentación de mentir, pues se asume que lo único realmente importante es la impresión que se genere en los futuros electores. Así está ocurriendo y nada indica que esto vaya a detenerse con el 2 de julio. Por el contrario, así seguirán las cosas hasta que los ciudadanos les demostremos a los políticos que también valoramos la verdad. El día que ellos lo sepan, quizá empiecen a cambiar las cosas.
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