De Carlos Marín a La Jornada, un poco de política ficción

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No son los únicos casos ni por supuesto los más graves. Sin embargo, sí son dos ejemplos de cómo se puede llegar a torcer la realidad para ajustarla a nuestros deseos.
El primero se refiere a la columna de hoy de Carlos Marín en Milenio. En su texto, Marín señala que: «A menos que sus adversarios hagan una revelación mortal de necesidad (desde luego mucho más grave que las que fulminaron a sus ex secretarios particular y de Finanzas con la baraja en Las Vegas y los fajos de dólares), la campaña presidencial terminará de facto este mes y Andrés Manuel llegará caminando y sin sudar a Palacio Nacional.» Lo extraño es que hace menos de dos semanas, el diario que él dirige aseguró – en base a la encuesta de María de las Heras – que los tres candidatos a la Presidencia se encontraban en unempate técnico.
Dicho de otro modo, con la columna de hoy práticamente desacredita la validez del estudio que él determinó colocar como su nota principal.
El segundo caso se encuentra en las páginas de La Jornada y responde a una nota firmada por su corresponsal en Nueva York, David Brooks. El texto en si no tiene nada peculiar. Se trata de una especie de semblanza crítica de Dick Morris, un conocido estratega de campañas que colaboró varios años con William Clinton. Lo que llama la atención es que la nota presenta un llamado en portada que afirma que hay un «Asesor de EU, detrás de la campaña negra de Calderón » afirmación que nunca se respalda en el texto.
Si bien Morris señala – «confiesa» dice el reportero – que ha trabajado en el pasado para el PAN, no hay un sólo dato en la nota que indique que actualmente está trabajando en la campaña de Calderón.
En fin, dos ejemplos – de muchos que hay a la mano, por cierto – de cómo las simpatías y las fobias condicionan nuestra lectura de la realidad.
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One comment

  1. Efectivamente, de por si es grave que los medios mientan con ese descaro (porque en el fondo, es lo que es, una mentira). Lo más triste del asunto es que tanto Carlos Marin como La Jornada disfrutan de una reputación de integridad y objetividad. Reputación que, como se ve a leguas, no merecen.

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