Regresa la guerra sucia: de la corrupción política a la mediática

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Seguro les ha pasado que apenas empiezan a leer una información, comienzan a sentir una sensación de malestar que les dice que algo no está bien. Bueno, pues eso sentí al revisar la prensa del día. Y es que dos de los diarios importantes, La Jornada y La Crónica, nos presentan dos notas que me generan emociones encontradas.
En el priemr caso, se trata de la transcripción de varias llamadas que fueron grabadas – ilegalmente, por supuesto – al empresario poblano Kamel Nacif. En las mismas se pueden leer historias de terror. Por ejemplo, se cuenta como el empresario había arreglado para que la periodista Lidya Camacho – aquella que lo señalara como pedófilo en un libro – fuera violada luego de que la ingresaran en un penal de Puebla.
Los diálogos son contundentes y nos muestran la red de corrupción en torno a ese personaje. Visto así, no hay duda, uno siente asco por el hombre y la actuación de las autoridades a su alrededor, incluído el gobernador de Puebla, Mario Marín.
Pero el punto aquí es que no obstante la condena a lo que revelan las transcripciones, tampoco podemos celebrar que se intervengan las llamadas de una persona.
¿Quién lo grabó?¿Particulares, oficinas federales de seguridad? ¿enemigos locales del empresario o del gobernador?
Y una historia similar ocurre con la nota principal de La Crónica, en la que se publica un correo que fue enviado por Liébano Sáenz a Antonio Navalón, delegado del Grupo PRISA que entre muchas otras actividades edita el diario El país.
La información también es reveladora pues – de ser cierta – vendría a confirmar la alianza estratégica que existe entre Andrés Manuel López Obrador y ese grupo empresarial, tema que ya habían venido señalado Reforma y José Carreño en La Crónica.
Pero más allá del contenido del correo, lo que tampoco podemos celebrar es que alguien esté interviniendo los correos de alguno de esos dos personajes. El texto, según informa la misma nota habría sido «aparentemente captado por una agencia que monitorea movimientos de fondos». ¿Y eso qué quiere decir?
Habría que esperar que el diario ofrezca más datos sobre cómo se obtuvo esa información.
Si bien podría recurrir al mismo recurso de La Jornada («grabaciones, depositadas por un mensajero anónimo en la recepción de este diario»), lo cierto es que diarios tan importantes debería tener posiciones más claras sobre el uso de información obtenida ilegalmente.
De otra forma, el mensaje que se vuelve a mandar a todas las «orejas » de este país es muy simple: mándenos información, y si se ajusta a nuestra agenda, con gusto la publicaremos.
Hasta ahora y desde que empezaron las campañas por la Presidencia, no habíamos tenido muestras de la guerra sucia informativa. Ojalá no sea este el inicio.
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