¿Cómo van los candidatos a la Presidencia?

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Obviemos en esta ocasión las respuestas enfocadas en las preferencias electorales pues como ya hemos visto, las encuestas han servido para mostrarnos algunas tendencias pero no para darnos claridad sobre quién va en qué lugar y a qué distancia de los otros participantes. Por eso, en esta ocasión me voy a enfocar en las estrategias de campaña de los principales jugadores.

En el caso del PRD, ya lo hemos dicho, presenta una propuesta bastante clara en términos de su estrategia. López Obrador ha planteado la elección en términos plebiscitarios: de un lado, estaría la alianza entre panistas y priistas, y del otro la opción que él representa. Como es natural, en su discurso atribuye a los “otros” una serie de adjetivos que considera negativos: corruptos, elitistas, neoliberales, etc. Lo que se vería reforzado por una serie de creaciones verbales como el “rayito de Esperaza”, “la Alegría que está por llegar”, el “Innombrable” y el “PRIAN”. Sin duda se trata de un esquema simplificador de la realidad, fácil de mantener y con un fuerte contenido emocional.
En esta esquema todo aquello que no se ajuste a la estrategia de AMLO se explicará mediante la hipótesis del complot, pues es “lógico” que sus adversarios intenten bloquear “el verdadero cambio” que él ha presentado como su Proyecto Alternativo de Nación. Si bien se le ha reprochado la ambigüedad en ciertos temas, en las últimas semanas ha asumido algunas definiciones importantes en torno al TLC y la participación del capital privado en el sector energético.
El PAN, por su parte, parece que ya tiene construido también su planteamiento estratégico. Por lo visto en los discursos de Felipe Calderón – incluido el de su toma de posesión – el panismo también va por una elección entre dos: el futuro – representado por Calderón – y el pasado encarnado en los candidatos del PRD y del PRI. La apuesta parece interesante. Se apoya en su perfil personal y ha desarrollado una serie de ideas fuerza con altas posibilidad de hacer sentido en sus audiencias. Habla por ejemplo, de que hay que dejar atrás el México de los que fallan los penales a la hora buena. En contraste, se asume como portador de la mística de la Sub 17, “los campeones del mundo”. La elección de “futuro” como concepto rector es atinada pues es ambiguo – lo que permite que cada quien lo dote de su propio contenido como ocurre con “Cambio” o “Esperanza” – y tiene un componente emocional que le hacía falta a Calderón. (Su propuesta anterior “Pasión por México” no sugería beneficio alguno para quien los escuchaba, a diferencia de la connotación usualmente positiva que tiene el término “futuro”.)
En términos de definiciones políticas y económicas, Calderón no parece tener ningún problema. Se asumirá como continuador de ciertas políticas sociales (No por nada la Secretaria de Desarrollo Social es una de sus aliadas principales), y en lo económico está en la línea de las reformas estructurales. En este sentido es clara su diferencia con AMLO.
Cabe señalar que Calderón tiene una ligera ventaja sobre López Obrador en su planteamiento. Mientras los dos están peleando por los liderazgos y votos priistas, el primero lo puede hacer con menos riesgo. Es cierto que AMLO se ha intentado vacunar con el discurso de “los de arriba y los de abajo”, para justificar la incorporación de algunos priístas en su equipo, pero no es difícil demostrar que en la práctica no hay desprecio por unos y otros (tanto elites políticas como base partidista se han sumado a sus redes). En el caso del panista, el concepto legitimador es que hay priistas que coinciden en sus propuestas de modernización, y en ese sentido es que compartirían lo que él ha definido como la visión de futuro. (Para esta labor es que opera Javier Lozano, ex subsecretario con Zedillo, que sirve de enlace con grupos priistas, como lo hacen Manuel Camacho y Ricardo Monreal, entre otros, en el caso del PRD)
Finalmente llegamos al PRI y aquí el escenario es distinto. Le he dado muchas vueltas al asunto y no encuentro cuál es el planteamiento estratégico de Madrazo. Su lema: “para que las cosas se hagan”, parte de la premisa de que el “inmovilismo” está en la conciencia de los electores como el gran problema del país, y no sé si sea un diagnóstico adecuado. No tiene un fuerte contenido emocional y no puede ser avalado por la vía de los hechos, pues es fácil refutar que el PRI ha tenido los votos en las Cámaras y los congresos locales, para sacar adelante reformas. Incluso en este campo se ve débil: si bien en el debate con Everado Moreno, Madrazo asumió el rol de modernizador, en su presencia en foros empresariales ha evitado las definiciones como destacaron las crónicas de su paso ante la Cámara Americana.
Al parecer no ha terminado de asumir qué rostro presentará en la elección. Esto es fundamental pues en estricta aplicación de uno de los principios de la comunicación, a Madrazo le ha pasado aquello de que si no te formas una imagen, te la forman. Sería un error apostar por revertir la imagen negativa que se tiene de Madrazo, como la médula de su propuesta. La honestidad – como sello personal – ha sido muy cuestionada, y sea cierto o no, parece difícil que lo pueda revertir. Por eso, la pregunta que está en el aire es cuál será el planteamiento de Madrazo. Ante el dilema PRIAN-PRD de López Obrador, y el pasado-futuro del PAN, habrá que ver qué propuesta presenta el priísmo. ¿Se venderá como la “mano dura” que hace falta? ¿Usará su imagen de político ambicioso (y exitoso) para darle una connotación positiva? Para su fortuna estamos por empezar una “tregua navideña” impulsada por el IFE, así que tendrá alrededor de un mes para construir una respuesta. En enero, suponemos, ya estará sobre la mesa y será entonces cuando la analizaremos.
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