La caja (no tan) “idiota”: una mirada al mundo de la televisión

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(Texto especialmente preparado para Buzos, revista de análisis político. Ojalá les guste.)
“La televisión – dice el filósofo Pascal Brucker – posee la inmensa virtud de ser casi un modo de vida.” La afirmación – que algunos podrían considerar exagerada – no está lejos de ser una verdad irrefutable. En los últimos años, la convivencia familiar, la forma en que nos entretenemos y la manera en que nos relacionamos con el mundo, se han visto alterados por la llamada “caja idiota”, hoy por hoy, el medio de comunicación más influyente que existe no obstante el creciente peso de internet, que aún esta muy lejos de las tasas de penetración que mantiene la televisión a nivel global.

La tele – como la llamamos familiarmente – ha cambiado todo porque alteró de manera radical nuestra relación con el espacio, al traer hasta nuestra sala o recámara imágenes originadas en cualquier parte del mundo. A eso, debemos sumar que gracias a la tecnología ha modificado también nuestra relación con la realidad al hacernos partícipes en tiempo real, de lo que ocurre en escenarios distantes.

Quizá por eso es que cuando vemos la televisión, tenemos la sensación de ser testigos de la realidad en sí, y no de la mirada inevitablemente sesgada de un reportero, su camarógrafo y un editor. Porque a pesar de que sabemos que la imagen es por necesidad manipulada, y por lo tanto manipulable, seguimos creyendo que lo que se ve es lo verdadero, y es a partir de este hecho que formamos nuestros juicios sobre lo cierto y lo falso, lo correcto y lo inmoral, lo relevante y lo intrascendente.

De ahí que desde hace algunos años la televisión se haya consolidado como uno de los principales definidores de lo que llamamos la agenda pública. Hace algunas semanas, por ejemplo, la revista Proceso publico un reportaje sobre la fortuna personal de Arturo Montiel, el entonces precandidato del PRI a la Presidencia de la República. ¿Qué pasó? Absolutamente nada, hasta que la historia pasó del papel a la pantalla, y Víctor Trujillo difundió una noticia que cambió la historia de esa contienda, del proceso tricolor y quizá del proceso electoral del 2006.

La información destacada por uno y otro medio no era distinta, pero sí el soporte. Pensemos cuántos de nosotros conocemos en persona a Vicente Fox, Roberto Madrazo, Felipe Calderón o Andrés Manuel López Obrador. Sin duda, muy pocos. No obstante, cualquiera es capaz de emitir una opinión sobre estos personajes a partir, en buena medida, de lo escuchado y lo visto en la pequeña-gran pantalla.

Que los medios sean el espacio en dónde se construye el debate público no debe escandalizar a nadie, pues es inevitable en un entorno en el que la plaza pública, como la entendían los griegos, es físicamente imposible cuando los habitantes de un territorio se cuentan por millones y no por decenas.

No obstante, lo que sí nos debe preocupar es que dicho espacio – autodefinido comúnmente como un foro neutral – está lejos de ser imparcial pues al mismo tiempo que es tribuna, es actor que participa activamente en las luchas que sólo dice retratar. Muestra de ello es la manera en que gradualmente ha ido ocupando el espacio reservado previamente para los poderes formales del Estado.

Hoy, los medios legislan – con premios o castigos en las coberturas – para impulsar su agenda. Y cotidianamente, fungen como los encargado del Poder Judicial. Lo vimos cuando Televisión Azteca linchó en sus pantallas al entonces Jefe de Gobierno, Cuauhtémoc Cárdenas, luego del asesinato de su conductor, Francisco Stanley. La misma receta la volvimos a presenciar con el caso Gloria Trevi, la campaña de una semana contra Francisco Gil, la permanente cobertura en contra de Diego Fernández de Cevallos, y hasta en el reciente desprestigio de su estrella fugaz, Jollete, que pasó de ser el talento que México estaba esperando a oportunista mediocre, tan pronto cayó de la gracia de la televisora.

Desde el mundo de la política hasta el campo del espectáculo, la televisión se ha convertido en el espacio en el que se crean y destruyen reputaciones, y con ello, carreras y fortunas. Ahí está por ejemplo el fenómeno Rebelde, la marca gestionada por Televisa que tan sólo en el último año ha generado ganancias por más de 300 millones de pesos, gracias a la venta de discos y entradas para sus conciertos.

Pero no acaba ahí el poder de este medio pues en su crecimiento ha transformado la manera en que se desarrolla la actividad política. Salvo en los sistemas cerrados como en Cuba o Venezuela, en donde los gobernantes pueden hablar durante horas ante audiencias cautivas, en el resto del mundo la comunicación de los políticos se ha convertido en un asunto de frases de 20 segundos, que aspiran a ocupar un espacio en los programas informativos.

Pocas palabras, con fuerte contenido emocional y respaldadas por imágenes contundentes, son las nuevas reglas que rigen el “diálogo” público. Tan es así que hasta la prensa escrita – como lo muestra cualquier ejemplar de El Universal o Reforma – hoy se rige por los mismos códigos.

Para algunos analistas, como el politólogo Giovanni Sartori, esta dinámica debería alarmarnos. En la opinión de este autor, las imágenes carecen del sentido y la profundidad que tienen las palabras. La democracia – pone como ejemplo el autor del Homo videns – no es un grupo de personas haciendo fila para poder votar; la democracia es algo abstracto, mucho más trascendente que cualquier ilustración, es algo que no se puede captar con una lente.

Quizá sea cierta la advertencia del italiano, pero antes que preocuparnos por el empobrecimiento del debate público, debemos poner mayor atención en la ausencia de contrapesos que regulen el creciente papel de la mediocracia en la sociedad.

“Pero ahí está autorregulación” dicen los dueños de los medios. Es cierto, y sin duda es una opción que no suena nada mal si la comparamos con la indeseable censura gubernamental. No obstante, debemos reconocer que entre la mano de un gobierno que sólo vela por sus propios intereses, y la libertad autocontenida por la que pugnan algunos medios, hay un amplio margen para la intervención que no debemos ignorar. Especialmente ahora que los mexicanos estamos inmersos en un proceso electoral en el que definiremos, al menos parcialmente, el futuro inmediato de nuestro país.

¿Podemos dejar que sea la televisión la que nos diga quién debe ser el próximo Presidente de México? Por supuesto que no. Por eso, necesitamos colocar a los medios, y en especial a la televisión, bajo la lupa.

Debemos saber, y por fortuna eso ya lo ha hecho saber el IFE, cuánto gastará cada candidato en su imagen y qué cobertura recibirán a cambio. Necesitamos fortalecer la capacidad de la sociedad para vigilar a los vigilantes, y en ese sentido, son positivos los observatorios ciudadanos creados por la Universidad Iberoamericana y la UNAM; pero lo más importante es que los ciudadanos, en nuestro papel de televidentes, desarrollemos nuestra capacidad de filtrar la información que recibimos para tener claridad sobre aquellas ideas y personajes que nos estén vendiendo, ya sea a través de un noticiero, un spot o un aparentemente inocente programa de entretenimiento.

No cabe duda, la televisión es el gran actor emergente de los últimos años pero de nosotros depende que no se convierta en un gigante que después no podamos controlar. ¿O será que ya es demasiado tarde?

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