¿Qué hacemos con los medios?

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El escenario y el nombre de los participantes cambia pero la pregunta siempre termina por ser la misma: ¿Qué hacemos con los medios? En los ocho años que me he dedicado a analizar a los medios de comunicación en México, nunca me había encontrado con un ambiente como éste, en el que estudiantes, políticos, empresarios, periodistas y sobretodo el lector, el radioescucha y el televidente, manifestaran tal insatisfacción con lo que les están ofreciendo los medios.

¿Es una moda lo que estamos viendo?, ¿un invento de un grupillo de inconformes?. Parece que no, y aunque no tengo los datos que lo avalen – pues la prensa escrita o electrónica aún mantiene una buena calificación en las mediciones de confianza –me atrevo a suponer que el nivel de exigencia va necesariamente en aumento, de la mano del crecimiento de su poder.

Paralelo al proceso de democratización del país, los medios han ganado en independencia ante el poder político y ello les ha permitido convertirse en el definidor primario de la agenda informativa, un rol reservado previamente para la autoridad gubernamental, la cual hoy, por cierto, basta ver cualquier diario para confirmar que ha dejado de serlo.

Con más jugadores reales en el tablero, la complejidad del trabajo periodístico ha aumentado pues son más son los actores y los temas que se disputan la atención. Y en este escenario es que resulta pertinente preguntarnos por el lugar que ocupa la ciudadanía.

Discutir si los medios están cumpliendo adecuadamente con su responsabilidad democrática es quizá tema de otros espacios. Habrá quien piense que sí, habrá quien crea lo contrario, pero lo que aquí se quiere poner sobre la mesa es una revisión y una propuesta sobre cuáles son los instrumentos que tiene la ciudadanía para expresar su voz, precisamente cuando siente que los medios se están desviando de ese papel.

En otras palabras, lo que nos estamos preguntando es qué pueden hacer los ciudadanos comunes y corrientes ante el poder de los medios de comunicación cuando éstos se desvían del camino correcto.

Hasta ahora las respuestas que tenemos son fundamentalmente de dos tipos, las que se expresan en la ley y las que tienen como punto de apoyo a la conciencia. Como la primera suele implicar un camino largo y tortuoso para todos los involucrados, es que hemos puesto más atención a la segunda. Manuales de estilo, códigos de ética, inclusión de ciudadanos en Consejos editoriales y la creación del Ombudsman de los medios, son un ejemplo de lo que hemos construido en este campo.

Los primeros dos – los manuales y los códigos – descansan sobre la base de que el hacer explícita las normas a seguir, es el primer paso para garantizar su cumplimiento, al tiempo que se convierten en una especie de contrato tácito entre los medios y su público. La tercera herramienta – la apertura a terceros interesados – se entiende como el deseo de abrir el medio a aire fresco y a nuevas voces que reflejen críticamente lo publicado y enriquezcan la agenda de los medios. Finalmente, la figura del Ombudsman se presenta como una especie de materialización de la conciencia, un Pepe Grillo que escucha las quejas del público, analiza el desempeño del medio y contribuye al mejoramiento de su contenido.

Sin duda, todos estos recursos son valiosos pero parecen insuficientes, fundamentalmente porque parecen guiarse por un sentido del tiempo distinto al que domina en nuestra sociedad, caracterizada cada vez más por el imperio del tiempo real.

¿Qué pasa cuando una noticia mal informa a la población?, ¿cuándo una exactitud puede destruir una reputación?, ¿cuándo el público se siente insatisfecho con la oferta informativa de un día en particular?. ¿Debemos esperar nuestro turno en la agenda del ombudsman?, ¿confiar en que nuestra inquietud será tratada en la próxima sesión del consejo editorial? Parece obvia la respuesta: no. ¿Qué hacer entonces?

Partiendo de la definición de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que consideran que el objetivo del periodismo es “proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y gobernarse a si mismos”, es que me permito apuntar hacia tres posibles ejes de discusión.

El primero, pasa por la transparencia. Si los medios de comunicación nos van a proporcionar la información que nos permita ser libres, tienen que empezar por ellos mismos. Abrir al público los nombres de sus principales accionistas y directivos, revelar sus ingresos publicitarios por anunciante, y hacer explícito en la medida de lo posible, el proyecto de país que hay detrás de sus criterios editoriales, parece una condición de partida necesaria.

Acostumbrados a exigir total transparencia a los actores públicos e incluso a los privados cuando se ven involucrados en una crisis, los diarios y medios electrónicos suelen ser los más opacos cuando se trata de su propia información.

El problema es que el carácter privado de la mayoría de las empresas mediáticas no es justificación suficiente para mantenerse con los cristales oscuros. Menos en un entorno en el que el público demanda saber cómo y porqué se le presenta la actualidad periodística de una manera y no de otra.

En este sentido, por ejemplo, se propone que al igual que una lata de refresco, que dice quién la fabrica y qué ingredientes tiene, así los medios debería incluir de colocar esta información de manera accesible para sus interlocutores. Conocer incluso los potenciales conflictos de interés de un medio, parece un asunto necesario, si lo que queremos es dotar de más poder al ciudadano en una relación que claramente está cargada a favor de uno de los involucrados.

¿No deberíamos saber, por ejemplo, cómo cubre Televisión Azteca las notas sobre telefonía celular, cuando el mismo grupo es poseedor de dos empresas del sector?, ¿qué políticas tiene cuando se refiere a la banca, en donde también tiene inversiones? Por supuesto, la diversificación de las empresas mediáticas no es delito ni parece ser una realidad que pueda ser borrada de un plumazo por más incómoda que resulte para algunos. Pero sí estamos obligados a hacer explícitos los criterios empleados por los medios, pues así la ciudadanía sabrá cómo procesar mejor la información que está recibiendo.

En los tiempos de la transparencia, el actor mediático debe explicar con claridad cómo es que toma las dos decisiones centrales de cualquier empresa periodística, a saber, el proceso inclusión /exclusión y la jerarquización de la información.

En otras palabras, lo que se está planteando es que los directivos y dueños de los medios nos permitan conocer la trastienda de las decisiones editoriales, mediante la apertura de espacios en los propios medios, en los que se comparta con el público el debate interno y la lógica que determina la oferta informativa. ¿Esto limitaría a los medios? No, por supuesto que no, a menos claro, que las verdaderas razones de la conducción no se puedan decir en público: “¿Qué porqué privilegiamos a un candidato sobre los otros? Hombre, pues porque pagó más, así de simple”. Claro está que eso no se puede decir, y quizá con eso ilustremos el porqué de la de defensa de la transparencia.

Pero si ese eje extiende el concepto de lo público hacia los espacios de toma de decisión– tanto en su sentido de interés general pero también de conocimiento masivo -, con el segundo eje lo que se propone fortalecer es la idea de la rendición de cuentas mediante el acento en la responsabilidad.

A estas alturas parece increíble que sean casos aislados los medios mexicanos que al final de sus notas, publiquen un correo electrónico de contacto. Ni siquiera en la prensa escrita, es regla la apertura de ese canal de comunicación.

Entender que la firma debe ir acompañada de los datos de contacto, debería ser algo que se asuma como natural en una sociedad en el que la interactividad es ya una realidad. ¿ A quién felicito o reprocho en respuesta a lo publicado? Se dirá que en todos los medios aparece siempre algún número de teléfono o dirección de correo electrónico, eso es cierto, pero hay una distancia importante entre colocar los datos perdidos junto al cabezal del periódico, y mostrarlos junto al texto que acabo de leer con una abierta invitación al diálogo.

Pero esta idea de la responsabilidad va más allá, pues vemos cómo la rendición de cuentas es más un hecho aislado que una práctica cotidiana. Pensemos en el famoso pianista inglés que hace algunas semanas se volvió noticia por todo el mundo, y que ahora se dice no era ni una cosa ni la otra. Parece una tontería pero ¿quién es responsable de haber publicado una información falsa?. ¿La agencia que distribuyó la nota?, ¿el editor que privilegió esa información sobre otras más importantes pero menos pintorescas? Lo grave aquí es que no hay quien ofrezca una disculpa pues no se asume que todo lo publicado es responsabilidad del medio. Hasta los anuncios. Por eso entre otras razones no se puede publicar un desplegado de un narcotraficante o una guerrila y presentarlo como un simple espacio pagado, ajeno al medio.

Abrir la puerta al diálogo con el público es el primer paso para tener una retroalimentación – más allá de las ventas o el rating –que permita el fortalecimiento del medio.

Finalmente, el tercer eje propuesto pasa por el derecho de voz. Confinados usualmente al “espacio de los lectores”, los reclamos del público o de las fuentes son un elemento marginal en la configuración de la oferta informativa. Subordinadas a criterios de espacio y sentido de la oportunidad, las aclaraciones suelen aparecer días después, lejos del contexto que las originó y sin la posibilidad de incidir en la percepción del público que se está informando “para poder gobernarse a si mismo.”

¿Qué hacer ante esta situación? Aquí la tecnología – con todas sus limitaciones – bien puede echarnos una mano.

Imaginemos por un momento – y perdónenme mi ingenuidad, pero creo que es ahora o nunca – que al momento de leer una noticia en internet, nos encontráramos con una liga con un texto que dijera algo así como: “Réplicas y comentarios de los actores aludidos en esta nota”. Al ir al texto encontraríamos las precisiones de las fuentes cuando exista alguna diferencia con el medio.

De lo que estamos hablando es del derecho de réplica en tiempo real y con acceso directo al lector. ¿Es imposible lo que aquí se plantea? En los tiempos de internet, no. Apenas con algunas variantes, algo así ya está ocurriendo con la revista Newsweek que ha habilitado un sistema en sus notas que permite relacionarlas con los blogs en los que se aborda su contenido, rompiendo con ello el monopolio de la voz que caracteriza a los medios tradicionales.

Reconozco las carencias del medio. No todos pueden verlo, no todos saben usarlo. Pero el sólo hecho de que el diario sepa que la réplica aparecerá casi en el mismo espacio que la nota, ¿no es un fuerte incentivo para cuidar más la información?
Aquí concluyo mi intervención, no sin antes manifestar mi entusiasmo por este tipo de encuentros que sin duda nos permitirán avanzar hacia nuevas formas de abordar éstos, que son ya viejos problemas. Gracias.


[1] Los elementos del periodismo, Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Ediciones El País.
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